Tobare
Poeta recién llegado
Nimiedad
Hoy topé
con la historia más nimia de todas:
una vida depositada en el rostro de la tierra
mientras el tiempo hilaba las edades
y cavaba la fosa para
sus sueños acolchados,
sus alegrías y penas,
sus hogares enemigos,
sus sitiales cotidianos,
sus pasos aleatorios,
inconsciente, en un principio,
de que todos a parar irán
a la tumba no pronosticada.
Entre tanto, en la vida
circulaban los alimentos,
las risas y los momentos,
trazando al ser que cayó
desde las alturas insondeables
¡cayó hacia sí mismo!
y se encontró, perplejo,
se tuvo por fin
sin saber cómo ni porqué
y le regalaron sus actos,
su nombre,
su cuerpo,
sus ideas,
su mente,
sus afectos,
su equipo de fútbol,
sus objetos pasajeros,
sus gustos y fobias,
todo esto lo encontró
sin palabras ni peticiones.
Y le obligaron aprender a vivir
-a palos o algodones-
entre cuentos con suaves almohadas
o entre engranes aceitados,
entre montañas de abundancia
o entre pulgas de perros y gatos,
entre los afectos más tiernos
o entre la hostilidad del desconocido,
entre los cálidos techos y ropa lavada
o entre mejillas convidadas a la tierra.
Y creció en su pecera,
contrastó los rugosos sinsabores
con las estrepitosas alegrías,
besó al invierno y a la primavera,
se estrechó la mano a sí mismo.
Luego: la producción.
Y así pasó la vida
como pasan las aves migratorias
hasta que aterrizó el cansancio totalitario
y la fuerza se menguó como los atardeceres,
y los párpados comenzaron a caerse,
y las manos perdían precisión,
y el rostro se agrietaba como desierto.
Y el tiempo, precavido,
ya le tenía lista la partida
sin maletas ni viajero.
15 de octubre del 2013, Santiago
Hoy topé
con la historia más nimia de todas:
una vida depositada en el rostro de la tierra
mientras el tiempo hilaba las edades
y cavaba la fosa para
sus sueños acolchados,
sus alegrías y penas,
sus hogares enemigos,
sus sitiales cotidianos,
sus pasos aleatorios,
inconsciente, en un principio,
de que todos a parar irán
a la tumba no pronosticada.
Entre tanto, en la vida
circulaban los alimentos,
las risas y los momentos,
trazando al ser que cayó
desde las alturas insondeables
¡cayó hacia sí mismo!
y se encontró, perplejo,
se tuvo por fin
sin saber cómo ni porqué
y le regalaron sus actos,
su nombre,
su cuerpo,
sus ideas,
su mente,
sus afectos,
su equipo de fútbol,
sus objetos pasajeros,
sus gustos y fobias,
todo esto lo encontró
sin palabras ni peticiones.
Y le obligaron aprender a vivir
-a palos o algodones-
entre cuentos con suaves almohadas
o entre engranes aceitados,
entre montañas de abundancia
o entre pulgas de perros y gatos,
entre los afectos más tiernos
o entre la hostilidad del desconocido,
entre los cálidos techos y ropa lavada
o entre mejillas convidadas a la tierra.
Y creció en su pecera,
contrastó los rugosos sinsabores
con las estrepitosas alegrías,
besó al invierno y a la primavera,
se estrechó la mano a sí mismo.
Luego: la producción.
Y así pasó la vida
como pasan las aves migratorias
hasta que aterrizó el cansancio totalitario
y la fuerza se menguó como los atardeceres,
y los párpados comenzaron a caerse,
y las manos perdían precisión,
y el rostro se agrietaba como desierto.
Y el tiempo, precavido,
ya le tenía lista la partida
sin maletas ni viajero.
15 de octubre del 2013, Santiago