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Nieve

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
NIEVE

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
Necesito estrujar el paño de mi alma
hasta llenar de vida
el mar muerto en el que floto.
No quiero llorar la geometría blanca,
obsesiva y fractal,
de mi pensamiento.
Necesito la turbulencia libre del amor.

Y es que las lágrimas líquidas se derraman
y recorren las lomas de nuestra piel
con el desliz absorto de un caracol enamorado.
Lágrimas que terminan embalsadas
en la espiral logarítmica de los labios.
Y una vez rota la represa,
las lágrimas se despiden, discretas, sublimes,
y su savia aguamarina asciende
hacia ese estado de latencia celeste
llamado amor;
Porque las lágrimas líquidas
no dejan de ser una declaración de amor.
De amor compasivo, de amor etéreo,
de amor sonámbulo, de amor infinito,
de amor muerto
que se llena
de amor…

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
No quiero apilar en los talones de mi tristeza
las formas repetidas de un nefasto patrón navideño.
Copo de nieve, aparentemente inofensivo,
que precipita en la huerta del mundo
con el cristal desmemoriado de la angustia.
El amor no forma parte del campo matemático.
El amor, para ser, necesita grados de libertad.
A veces, las lágrimas de nieve
se amontonan en los ventisqueros del alma.
Y si nieva(s) mucho, puedes llegar a convertirte
en un jodido muñeco de nieve,
al que la gente decora con zanahorias y ramas
en fiestas de guardar en las que están todos
menos tú.
Y tratas de disimular, claro,
dibujándote, por ejemplo, una sonrisa.
Pero esta mueca no es suficiente,
y la gente —que se da cuenta de tu invernal condición—
te cubre con gorros y bufandas,
y te apelmazan los riñones con nieve de tu nieve…
Y se ríen y brindan
mientras tú les sonríes
con tu mirada de piedra.
Y al rato, la algazara cesa y te quedas solo
bajo el parpadeo azufrado de tu inexistencia.
Y no te queda más que disolver tu tristeza en un charco
en el que abrevan los cuervos negros de tu mente.

No, no quiero volver a llorar nieve nunca más.
Ya está bien de tanto desfile funerario hexagonal.

Quiero ser la forma que se deforma.
Quiero ser la brisa dentro de la brisa
que encuentra sin buscar las geodésicas del aire.
La miel que desborda los nichos del panal,
la tinta y el tintero
y la corteza del abedul.
Quiero ser el llanto de un bebé en la basílica de Santa Sofía
resonando en las oquedades atómicas de su pórfido de Egipto,
en su mármol verde de Tesalia,
en sus piedras negras del Bósforo
y en otras tantas amarillas de Siria;
El temblor de esas piedras, ¡el temblor!,
quiero ser, también, ese temblor…

Y todo cabe dentro de mis lágrimas,
porque el universo no es más que una lágrima.
Agua bendita con la que iré sembrando mi mundo.

Y cuando mi última golondrina
decida abandonar el nido de mi pecho
flotaré en paz, sabiéndome lleno
en el mar vivo
que siempre quise

ser.

Andreas
Madrid, 20 de enero de 2026
 
Última edición:
NIEVE

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
Necesito estrujar el paño de mi alma
hasta llenar de vida
el mar muerto en el que floto.
No quiero llorar la geometría blanca,
obsesiva y fractal,
de mi pensamiento.
Necesito la turbulencia libre del amor.

Y es que las lágrimas líquidas se derraman
y recorren las lomas de nuestra piel
con el desliz absorto de un caracol enamorado.
Lágrimas que terminan embalsadas
en la espiral logarítmica de los labios.
Y una vez rota la represa,
las lágrimas se despiden, discretas, sublimes,
y su savia aguamarina asciende
hacia ese estado de latencia celeste
llamado amor;
Porque las lágrimas líquidas
no dejan de ser una declaración de amor.
De amor compasivo, de amor etéreo,
de amor sonámbulo, de amor infinito,
de amor muerto
que se llena
de amor…

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
No quiero apilar en los talones de mi tristeza
las formas repetidas de un nefasto patrón navideño.
Copo de nieve, aparentemente inofensivo,
que precipita en la huerta del mundo
con el cristal desmemoriado de la angustia.
El amor no forma parte del campo matemático.
El amor, para ser, necesita grados de libertad.
A veces, las lágrimas de nieve
se amontonan en los ventisqueros del alma.
Y si nieva(s) mucho, puedes llegar a convertirte
en un jodido muñeco de nieve,
al que la gente decora con zanahorias y ramas
en fiestas de guardar en las que están todos
menos tú.
Y tratas de disimular, claro,
dibujándote, por ejemplo, una sonrisa.
Pero esta mueca no es suficiente,
y la gente —que se da cuenta de tu invernal condición—
te cubre con gorros y bufandas,
y te apelmazan los riñones con nieve de tu nieve…
Y se ríen y brindan
mientras tú les sonríes
con tu mirada de piedra.
Y al rato, la algazara cesa y te quedas solo
bajo el parpadeo azufrado de tu inexistencia.
Y no te queda más que disolver tu tristeza en un charco
en el que abrevan los cuervos negros de tu mente.

No, no quiero volver a llorar nieve nunca más.
Ya está bien de tanto desfile funerario hexagonal.

Quiero ser la forma que se deforma.
Quiero ser la brisa dentro de la brisa
que encuentra sin buscar las geodésicas del aire.
La miel que desborda los nichos del panal,
la tinta y el tintero
y la corteza del abedul.
Quiero ser el llanto de un bebé en la basílica de Santa Sofía
resonando en las oquedades atómicas de su pórfido de Egipto,
en su mármol verde de Tesalia,
en sus piedras negras del Bósforo
y en otras tantas amarillas de Siria;
El temblor de esas piedras, ¡el temblor!,
quiero ser, también, ese temblor…

Y todo cabe dentro de mis lágrimas,
porque el universo no es más que una lágrima.
Agua bendita con la que iré sembrando mi mundo.

Y cuando mi última golondrina
decida abandonar el nido de mi pecho
flotaré en paz, sabiéndome lleno
en el mar vivo
que siempre quise

ser.

Andreas
Madrid, 20 de enero de 2026
Hermosa geometría de amor. Un gusto leerte.
 
NIEVE

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
Necesito estrujar el paño de mi alma
hasta llenar de vida
el mar muerto en el que floto.
No quiero llorar la geometría blanca,
obsesiva y fractal,
de mi pensamiento.
Necesito la turbulencia libre del amor.

































Y es que las lágrimas líquidas se derraman
y recorren las lomas de nuestra piel
con el desliz absorto de un caracol enamorado.
Lágrimas que terminan embalsadas
en la espiral logarítmica de los labios.
Y una vez rota la represa,
las lágrimas se despiden, discretas, sublimes,
y su savia aguamarina asciende
hacia ese estado de latencia celeste
llamado amor;
Porque las lágrimas líquidas
no dejan de ser una declaración de amor.
De amor compasivo, de amor etéreo,
de amor sonámbulo, de amor infinito,
de amor muerto
que se llena
de amor…

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
No quiero apilar en los talones de mi tristeza
las formas repetidas de un nefasto patrón navideño.
Copo de nieve, aparentemente inofensivo,
que precipita en la huerta del mundo
con el cristal desmemoriado de la angustia.
El amor no forma parte del campo matemático.
El amor, para ser, necesita grados de libertad.
A veces, las lágrimas de nieve
se amontonan en los ventisqueros del alma.
Y si nieva(s) mucho, puedes llegar a convertirte
en un jodido muñeco de nieve,
al que la gente decora con zanahorias y ramas
en fiestas de guardar en las que están todos
menos tú.
Y tratas de disimular, claro,
dibujándote, por ejemplo, una sonrisa.
Pero esta mueca no es suficiente,
y la gente —que se da cuenta de tu invernal condición—
te cubre con gorros y bufandas,
y te apelmazan los riñones con nieve de tu nieve…
Y se ríen y brindan
mientras tú les sonríes
con tu mirada de piedra.
Y al rato, la algazara cesa y te quedas solo
bajo el parpadeo azufrado de tu inexistencia.
Y no te queda más que disolver tu tristeza en un charco
en el que abrevan los cuervos negros de tu mente.

No, no quiero volver a llorar nieve nunca más.
Ya está bien de tanto desfile funerario hexagonal.

Quiero ser la forma que se deforma.
Quiero ser la brisa dentro de la brisa
que encuentra sin buscar las geodésicas del aire.
La miel que desborda los nichos del panal,
la tinta y el tintero
y la corteza del abedul.
Quiero ser el llanto de un bebé en la basílica de Santa Sofía
resonando en las oquedades atómicas de su pórfido de Egipto,
en su mármol verde de Tesalia,
en sus piedras negras del Bósforo
y en otras tantas amarillas de Siria;
El temblor de esas piedras, ¡el temblor!,
quiero ser, también, ese temblor…

Y todo cabe dentro de mis lágrimas,
porque el universo no es más que una lágrima.
Agua bendita con la que iré sembrando mi mundo.

Y cuando mi última golondrina
decida abandonar el nido de mi pecho
flotaré en paz, sabiéndome lleno
en el mar vivo
que siempre quise

ser.

Andreas
Madrid, 20 de enero de 2026

"Quiero ser la forma que se deforma.
Quiero ser la brisa dentro de la brisa
que encuentra sin buscar las geodésicas del aire.
La miel que desborda los nichos del panal,
la tinta y el tintero
y la corteza del abedul.
Quiero ser el llanto de un bebé en la basílica de Santa Sofía
resonando en las oquedades atómicas de su pórfido de Egipto,
en su mármol verde de Tesalia,
en sus piedras negras del Bósforo
y en otras tantas amarillas de Siria;
El temblor de esas piedras, ¡el temblor!,
quiero ser, también, ese temblor…

Y todo cabe dentro de mis lágrimas,
porque el universo no es más que una lágrima.
Agua bendita con la que iré sembrando mi mundo."

En muy hermoso todo el poema, compañero,
de momento me llevo estos versos para viajar
con el café de la tarde. Un abrazo grande
 
NIEVE

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
Necesito estrujar el paño de mi alma
hasta llenar de vida
el mar muerto en el que floto.
No quiero llorar la geometría blanca,
obsesiva y fractal,
de mi pensamiento.
Necesito la turbulencia libre del amor.

Y es que las lágrimas líquidas se derraman
y recorren las lomas de nuestra piel
con el desliz absorto de un caracol enamorado.
Lágrimas que terminan embalsadas
en la espiral logarítmica de los labios.
Y una vez rota la represa,
las lágrimas se despiden, discretas, sublimes,
y su savia aguamarina asciende
hacia ese estado de latencia celeste
llamado amor;
Porque las lágrimas líquidas
no dejan de ser una declaración de amor.
De amor compasivo, de amor etéreo,
de amor sonámbulo, de amor infinito,
de amor muerto
que se llena
de amor…

No quiero volver a llorar nieve nunca más.
No quiero apilar en los talones de mi tristeza
las formas repetidas de un nefasto patrón navideño.
Copo de nieve, aparentemente inofensivo,
que precipita en la huerta del mundo
con el cristal desmemoriado de la angustia.
El amor no forma parte del campo matemático.
El amor, para ser, necesita grados de libertad.
A veces, las lágrimas de nieve
se amontonan en los ventisqueros del alma.
Y si nieva(s) mucho, puedes llegar a convertirte
en un jodido muñeco de nieve,
al que la gente decora con zanahorias y ramas
en fiestas de guardar en las que están todos
menos tú.
Y tratas de disimular, claro,
dibujándote, por ejemplo, una sonrisa.
Pero esta mueca no es suficiente,
y la gente —que se da cuenta de tu invernal condición—
te cubre con gorros y bufandas,
y te apelmazan los riñones con nieve de tu nieve…
Y se ríen y brindan
mientras tú les sonríes
con tu mirada de piedra.
Y al rato, la algazara cesa y te quedas solo
bajo el parpadeo azufrado de tu inexistencia.
Y no te queda más que disolver tu tristeza en un charco
en el que abrevan los cuervos negros de tu mente.

No, no quiero volver a llorar nieve nunca más.
Ya está bien de tanto desfile funerario hexagonal.

Quiero ser la forma que se deforma.
Quiero ser la brisa dentro de la brisa
que encuentra sin buscar las geodésicas del aire.
La miel que desborda los nichos del panal,
la tinta y el tintero
y la corteza del abedul.
Quiero ser el llanto de un bebé en la basílica de Santa Sofía
resonando en las oquedades atómicas de su pórfido de Egipto,
en su mármol verde de Tesalia,
en sus piedras negras del Bósforo
y en otras tantas amarillas de Siria;
El temblor de esas piedras, ¡el temblor!,
quiero ser, también, ese temblor…

Y todo cabe dentro de mis lágrimas,
porque el universo no es más que una lágrima.
Agua bendita con la que iré sembrando mi mundo.

Y cuando mi última golondrina
decida abandonar el nido de mi pecho
flotaré en paz, sabiéndome lleno
en el mar vivo
que siempre quise

ser.

Andreas
Madrid, 20 de enero de 2026
Amor y tristeza.
A donde nos lleva el dolor y la libertad.
Puro sufrimiento.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 
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