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Náufrago

elbosco

Poeta fiel al portal
Nadó hasta el bote dado vuelta, estiró la mano por arriba del casco y se sujetó del quillote. No se ahogaría, pero si el bote se hundía podría vérselas fulero.
Era medianoche. La corriente bajaba tranquila pero con fuerza. Tenía que salvar el bote y el motor.
Miró a su alrededor y no vio a nadie. En unos pocos minutos, la corriente ya lo había alejado unos doscientos metros de la rampa del club. La situación se iba complicando conforme más se alejaba.
Tenía frío. Miró su reloj y tuvo el ánimo para bromear pensando que era un mal horario para morir. No creía que su vida corriera algún riesgo, pero no era un panorama agradable flotar a la deriva por el río Luján, sujetado de un bote a punto de hundirse.
Metió el brazo izquierdo por debajo del bote y palpó su bolso, milagrosamente enganchado de uno de los toletes, y uno de los remos. Agarró el bolso y se cruzó la correa alrededor del cuello. La cámara de fotos, y la computadora las daba por perdidas. Abrió el cierre. metió la mano y tanteó hasta encontrar el celular. Lo sacó, lo sacudió y lo miró. Estaba apagado. Trató sin éxito de prenderlo.
No podía dejar de considerar la situación desde un punto de vista práctico. Perder el bote y el motor implicaría afrontar serios problemas y una tediosa pérdida de tiempo y el gasto de dinero para reponerlos.
Pasaba frente a la costa del Club San Fernando, la conocía muy bien. En el lado opuesto, el de la isla, no había muelles ni casas. Tenía que empezar a moverse o o terminaría en el Río de la Plata.
Se deshizo de los zapatos y comenzó a patalear para ir acercándose a la costa del "continente", como llaman los isleños a la costa de tierra firme. No sentía que avanzase, pero sabía que cada patada lo acercaba a la costa aunque más no fuese unos centímetros. Tenía que resistir y ser paciente, cuidando de no mover mucho el bote para que el casco mantuviera la burbuja de aire que lo sostenía a medias aguas. Siguió pataleando sin pensar en nada, hasta que repentinamente recordó a su hija que lo estaba esperando en su casa, en la isla. Tal vez ya hubiera empezado a inquietarse al ver que ni llegaba ni respondía el celular. Aunque era común que los viernes llegase tarde, y seguramente lo creía retrasado en el tren, o en el club charlando con alguien.
Era bochornoso lo que estaba viviendo. Un tipo tan gaucho como él, un isleño flor y flor. ¡Qué papelón! Haberse caído del bote de una manera tan estúpida, y ahora al garete río abajo.
Ya estaba a unos cuarenta metros de la costa, y estaba cansado.
Se le cruzó por la cabeza que podía entregarse a las circunstancias y dejarse ir. Muchas veces había pensado en quitarse la vida, pero nunca lo había considerado en forma práctica. En la actual situación no era mucho lo que tenía que hacer para cumplir ese cometido, tan solo dejar de nadar, quedarse quieto, tal vez intentar dormir, y esperar a que la hipotermia haga su trabajo.
En otra época de su vida tal vez lo hubiese considerado, pero ahora tenía muy claro que quería vivir. Tenía muchas cosas por hacer, planes postergados desde hacía tanto tiempo.
Estaba a treinta metros de la costa. Dejó de patalear para descansar un poco, y al levantar la cabeza vio a un morocho que lo seguía por la costa y le gritaba.
–¿Estás bien? ¡Aguantá viejo, aguantá! ¡No aflojés! ¡Dale duro que ya estás cerca!
No tenía fuerza para responderle, ni ganas, pero sabía que no iba aflojar.
Levantó la mano como para acusar recibo del mensaje y tomó aire. Cuando miró otra vez al morocho lo vio quitándose el calzado y la ropa.
–¡No te preocupés, viejo, ya voy a ayudarte! –le gritó, y se tiró al agua.
Vio como el chango nadaba hacia él y pensó que no necesitaba su ayuda, que tarde o temprano llegaría a la costa, y que aferrándose a una estacada o a un muelle se las arreglaría para dar vuelta el bote y achicar agua hasta dejarlo a flote. Luego volvería remando río arriba, bien cerca de la costa para que no le tire tanto la corriente, o amarraría el bote en algún muelle y esperaría unas horas hasta el cambio de marea, para. O podría dejar el bote e irse caminando hasta el club y llamar a alguien para que lo pase a buscar.
El chapotear del hombre se escuchaba cada vez más cerca, pero el casco de su bote le impedía verlo.
–¡Aguantá! ¡Ya llego! –le escuchó decir.
Miró la costa, estaba pasando frente a una alta estacada de hormigón que le dificultaría salir del río o subir el bote. Tendría que dejarse llevar más tiempo hasta que apareciese un muelle, una escollera o una costa de juncos.
Inspiró profundamente y siguió pataleando. La noche le resultó especialmente silenciosa.
Movió la cabeza de lado a lado para buscar al hombre cuando un fuerte golpe detuvo al bote en seco. Había chocado contra una larga marina flotante.
Se soltó del bote y buscó el cabo de proa. Lo agarró y sujetándose fuerte del borde de la marina, intentó subir, pero no pudo. Miró hacia el río y gritó:
–¡Hey! ¿Dónde estás? –en vano gritó más fuerte.
¡La puta madre que me parió! –dijo, y desconsolado, rompió en llanto.

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Fernando Marco Sassone
(PQR)
 
Última edición:
Quedó bueno el relato, estimado, creo que así debe aprovecharse la realidad: tomarla solo como disparador de la propia fantasía. Lo del morocho me gustó, te sirvió para conseguir un buen final. Me hizo acordar al morocho que se ahogó en el San Antonio por tirarse a rescatar a una niña (que la rescató, agrego): ¿te acuerdas que te conté cuando encontré el cadáver flotando? Cosas de la isla...

abrazo
j.
 
Un relato apasionante, que logra meternos de lleno en él, sentir su angustia y un cierto alivio, al llegar el personaje del morocho, el generoso salvador ...para luego dejarnos ese desconcertante final; confieso que tuve que releerlo de nuevo para comprender lo que había pasado...me ha perecido excelente.

Saludos cordiales.
 
Última edición:
Quedó bueno el relato, estimado, creo que así debe aprovecharse la realidad: tomarla solo como disparador de la propia fantasía. Lo del morocho me gustó, te sirvió para conseguir un buen final. Me hizo acordar al morocho que se ahogó en el San Antonio por tirarse a rescatar a una niña (que la rescató, agrego): ¿te acuerdas que te conté cuando encontré el cadáver flotando? Cosas de la isla...

abrazo
j.


Gracias por tu apreciación.... Lo del cadáver flotando se me mezcla con otras historias que fui escuchando desde que estoy en la isla, la próxima vez que nos veamos me contás otra vez. El viernes quisiera haber podido ir, pero tuve que hacer de guardaespaldas en el picnic de tu nieta.

Abrazo!
 
Un relato apasionante, que logra meternos de lleno en él, sentir su angustia y un cierto alivio, al llegar el personaje del morocho, el generoso salvador ...para luego dejarnos ese desconcertante final; confieso que tuve que releerlo de nuevo para comprender lo que había pasado...me ha perecido excelente.

Saludos cordiales.


Qué bueno que te haya gustado como para leerlo dos veces!!
Muchas gracias por expresarlo así!
 
¡Épale, Fernando! ¡Qué de tiempo sin leer tus fascinantes relatos! ¿Cómo estás? Pasé porque estaba viendo el perfil de mi hermano Jorge y vi que le comentabas que habías escrito esta prosa basada en su experiencia con el bote. Se las vio negras, según me contó y según nos cuentas, pero nada que no haya podido superar; de hecho ahora tiene una laptop mejor, más experiencia, un mejor móvil y las mismas ganas de seguir confundiéndose con las aguas de ese río que tantas historias guarda.

Inesperado el final, fantasioso según entiendo, pero que ha servido para ponerle un plus de humor y mantener al lector expectante con el bendito morocho que se lanzó al agua para "ayudar" al náufrago, jejeje No deja de causarme gracia el desgarrador grito de impotencia; aquí diríamos «¡Vaya pa' la verga!», jejeje, creo que un poco más decente que la frase que usas en tu relato, pero que se usa para idénticos fines.

Un saludo, Camarada. ¡Excelente trabajo!
Gustoso de volver a encontrarte.
 
Última edición por un moderador:
¡Épale, Fernando! ¡Qué de tiempo sin leer tus fascinantes relatos! ¿Cómo estás? Pasé porque estaba viendo el perfil de mi hermano Jorge y vi que le comentabas que habías escrito esta prosa basada en su experiencia con el bote. Se las vio negras, según me contó y según nos cuentas, pero nada que no haya podido superar; de hecho ahora tiene una laptop mejor, más experiencia, un mejor móvil y las mismas ganas de seguir confundiéndose con las aguas de ese río que tantas historias guarda.
Inesperado el final, fantasioso según entiendo, pero que ha servido para ponerle un plus de humor y mantener al lector expectante con el bendito morocho que se lanzó al agua para "ayudar" al náufrago, jejeje No deja de causarme gracia el desgarrador grito de impotencia; aquí diríamos «¡Vaya pa' la verga!», jejeje, creo que un poco más decente que la frase que usas en tu relato, pero que se usa para idénticos fines.
Un saludo, Camarada. ¡Excelente trabajo!
Gustoso de volver a encontrarte.


Que bueno que te pasaras por este cuento!.... La literatura une!! jajaja
Me alegro mucho que te haya gustado! y celebro tu visitra y comentario!

Un fuerte abrazo!
 
libro-y-rosa-jpg.31607



Prosa del MES


(Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios)

Muchas FELICIDADES
MUNDOPOESIA.COM
 
Nadó hasta el bote dado vuelta, estiró la mano y se sujetó del quillote. No se ahogaría, pero si el bote se hundía podría vérselas fulero.
La corriente bajaba tranquila pero con fuerza. Tenía que salvar el bote y el motor.
Miró a su alrededor y no vio a nadie. Ya estaba a doscientos metros de la rampa del club y seguía alejándose. La situación se iba complicando conforme más se alejaba.
Tenía frío. Miró su reloj, era casi medianoche. Bromeó consigo mismo pensando que era un mal horario para morir. No se le ocurrió que su vida corriera algún riesgo, pero estar flotando a medianoche a la deriva en el río Luján, sujetándose de un bote a punto de hundirse no era un panorama agradable.
Estiró el brazo izquierdo por debajo del bote y palpó su bolso aún a flote y uno de los remos. Agarró su bolso y se lo cruzó alrededor del cuello. La cámara de fotos, y la computadora ya las daba por perdidas.
Metió la mano en el bolso y tanteó hasta encontrar el celular. Lo sacó y lo miró. Estaba apagado. Trató de prenderlo pero no se prendió.
No podía dejar de considerar la situación desde el punto de vista práctico. Perder el bote y el motor implicaría afrontar serios problemas y una terrible pérdida de tiempo y dinero para comprar otros.
Estaba pasando frente a la costa del Club San Fernando, la conocía muy bien. Del lado de la isla no veía muelles ni casas. Tenía que pensar en hacer algo o terminaría en el Río de la Plata.
Se deshizo de los zapatos y comenzó a patalear para ir arrimando el bote a la costa. No sentía que avanzase, pero sabía que cada patada lo acercaba aunque más no fuese unos centímetros a la costa. Solo tenía que resistir, ser paciente, y cuidar de no mover mucho el bote para que el casco mantuviera la burbuja de aire que lo sostenía a flote.
Siguió pataleando sin pensar en nada más hasta que recordó a su hija que lo esperaba en la isla. Tal vez ya había empezado a inquietarse al ver que no llegaba ni respondía el celular. Era común que los viernes llegase tarde y seguramente lo creía retrasado en el tren, o en el club charlando con alguien.
Era bochornoso lo que estaba viviendo. Un tipo tan gaucho como él, un isleño flor y flor. ¡Qué papelón! Haberse caído del bote de una manera tan estúpida, y ahora al garete río abajo.
Estaba a no menos de treinta metros de la costa, pero ya estaba cansado.
Se le cruzó por la cabeza que podía entregarse a las circunstancias y dejarse ir. Muchas veces había pensado en quitarse la vida, pero nunca lo había considerado en forma práctica. Ahora no era mucho lo que tenía que hacer, tan solo dejar de nadar, esperar a que la hipotermia haga su trabajo, y tal vez intentar dormir.
En otra época de su vida tal vez lo hubiese considerado, pero ahora tenía muy claro que quería vivir. Tenía muchas cosas por hacer, planes postergados desde hacía tanto tiempo.
Ya estaba a veinte metros de la costa y al levantar la cabeza vio a un morocho que lo seguía y le gritaba.
–¿Estás bien? ¡Aguantá viejo, aguantá! ¡Dale duro que ya estás cerca!
No tenía fuerza para responderle, ni ganas, pero sabía que no iba aflojar.
Miró otra vez al morocho y lo vio quitándose el calzado y la ropa.
–¡No te preocupés, ya voy a ayudarte! –le gritó, y se tiró al agua.
Vio como el chango nadaba hacia él y pensó que no necesitaba su ayuda, que tarde o temprano llegaría a la costa, y que aferrándose a una estacada o a un muelle se las arreglaría para dar vuelta el bote y achicar el agua. Luego volvería remando río arriba, bien cerca de la costa para que no lo tire tanto la corriente, o dejaría el bote en la costa hasta el día siguiente y se iría caminando hasta el club y llamaría a alguien para que lo pase a buscar.
Escuchaba el chapotear del hombre cada vez más cerca, pero no lo veía porque el casco de su bote se interponía entre ambos.
–¡Aguantá! ¡Ya llego! –le escuchó decir.
Miró la costa, estaba pasando frente a una estacada de hormigón especialmente alta que le dificultaría salir del río o subir el bote. Tendría que dejarse llevar aún más tiempo por la corriente hasta que apareciese un muelle, una escollera o una costa de juncos. Dejó de nadar y se dejó arrastrar.
Giró la cabeza para buscar al hombre cuando sintió un fuerte golpe que detuvo en seco al bote. Había chocado contra una marina flotante.
Se soltó del bote y buscó el cabo de proa. Lo agarró y se sujetó del borde de la marina. Intentó subir pero no pudo. Miró hacia el río y gritó:
–¡Hey! ¿Dónde estás? –en vano gritó más fuerte. –¡La puta madre que me parió! –dijo, y desconsolado, rompió en llanto.

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Fernando Marco Sassone
(PQR)

FELICIDADES por el reconocimiento obtenido.
es un lujo poder leer esta bella obra de sutil
melancolia que se extiende y de deja esas
vocaciones que son pureza de arte literario.
Siempre amarrado en ese limite para expresar
los sentidos de la vida.

saludos amables de luzyabsenta

 
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