viento-azul
Poeta que considera el portal su segunda casa
La voz me cruje,
con el temor
de un viejo bajel.
Con ese miedo frágil
de una telaraña de cristal.
La nada abofeteó
mi rostro por sorpresa.
Me astilló el pecho
con su cuerpo desnudo.
El baile de mi corazón,
continuó,
sin música.
El invierno entró
por mis uñas,
y me escarchó
las esperanzas.
El instante sobrio,
el pedazo estúpido
de reloj cotidiano.
Me anzueló las manos,
y tiró de mí,
de mi mar sereno.
Me lanzó a la tierra,
respiré su polvo
tóxico y ferroso.
Y comencé a morir.
Ya llevo treinta y siete años
agonizando.
Y mis ojos apenas
recuerdan al mar.
