danie
solo un pensamiento...
Como levantando un peso muerto entre mis hombros,
un abrumador semblante de noches espesas
opaca al firmamento, al horizonte y al ocaso.
Así se enluta mi altillo sin astros,
con estrellas incendiadas en la corrompida hoguera.
Oh, ángelus muerto que ya no toca
las campanadas de las glorias de los sueños
ni del insomnio de mi insignificancia y su fracaso.
Oh, musa venal, del alma de mi ingenuo cuerpo,
que sepultas con tus célebres plectros
las ruinas de mi rezagado mártir que yace en los tedios,
en las cumbres borrascosas
y en sus durmientes de un vano cielo.
Oh, poesía de marchas fúnebres, de réquiems eternos,
de cientos de ringleras y de lamentos.
¿Dónde estás, vida, en el beso de Bóreas?
¿Con los roces de Aquilón o la frescura de Gea?
¿Dónde estás cuando escribe la noche
sus lacerantes aullidos en mi vera?
Y entre cruces del helado infinito
se desenvuelve la sucinta vidorria de este transeúnte,
de este cuerpo baldío y desolado por la suerte.
Así deambulan los versos,
por los recovecos de un cementerio universal,
con sudarios de tinieblas y fauces de un olvido,
con aromas a flores profanadas por las runas
y sus secretos de soledades corruptas que marginan
a la musa despechada que sangra
por las cenizas de mis propios ensueños.
un abrumador semblante de noches espesas
opaca al firmamento, al horizonte y al ocaso.
Así se enluta mi altillo sin astros,
con estrellas incendiadas en la corrompida hoguera.
Oh, ángelus muerto que ya no toca
las campanadas de las glorias de los sueños
ni del insomnio de mi insignificancia y su fracaso.
Oh, musa venal, del alma de mi ingenuo cuerpo,
que sepultas con tus célebres plectros
las ruinas de mi rezagado mártir que yace en los tedios,
en las cumbres borrascosas
y en sus durmientes de un vano cielo.
Oh, poesía de marchas fúnebres, de réquiems eternos,
de cientos de ringleras y de lamentos.
¿Dónde estás, vida, en el beso de Bóreas?
¿Con los roces de Aquilón o la frescura de Gea?
¿Dónde estás cuando escribe la noche
sus lacerantes aullidos en mi vera?
Y entre cruces del helado infinito
se desenvuelve la sucinta vidorria de este transeúnte,
de este cuerpo baldío y desolado por la suerte.
Así deambulan los versos,
por los recovecos de un cementerio universal,
con sudarios de tinieblas y fauces de un olvido,
con aromas a flores profanadas por las runas
y sus secretos de soledades corruptas que marginan
a la musa despechada que sangra
por las cenizas de mis propios ensueños.