mert ekert
Poeta recién llegado
I
Paseamos por el jardín de nuestra gran madre
que nos cobija con su cálido abrazo,
nuestros pasos quedan grabados en la arena de su piel al alba,
vivimos en sus cicatrices forjadas por el tiempo implacable
que sopla su aliento bajo las ancestrales noches,
con su cabello lleno de dulces espinas que nos brindan sus virtudes,
hemos bebido lentamente de la savia bajo su mirada protectora,
nos amamantas con tus dunas de sabrosa nostalgia.
II
Nos recuerdas tu existencia cada vez que suspiras
y nos das tu polvosa bendición;
en el andar de tu piel moribunda por los pasos de la ignorancia
pagamos por las bendiciones que hemos robado de tu Laguna,
bajo tu mano nos cobras tus caricias y los secos besos
que enamoran en el ocaso de nuestra austera existencia.
III
Con tus murmullos, tu cuerpo, tu alma y tu corazón,
surge el llanto de los coyotes a lado de las promesas de las Auras,
una deliciosa muerte en cada aleteo entre las dunas.
IV
El padre Nazas con su llanto riega tu lienzo,
el cabello y tu boca deseosa de pecado,
cúpula de ancestral placer en los hilos del tiempo sobre el desierto,
honrosa oscuridad testigo de la procreación en tus sedientas venas.
V
Caminamos entre las decenas de musas que nos brinda tu piel,
las Noas que brotan de tus melosos senos,
el mejor de los regalos que otorgan al desértico amanecer,
que pintan con solemne belleza al horizonte del tiempo,
junto al húmedo aroma de las lágrimas del cielo,
que riegan las profundas cicatrices de tu arenisca piel,
nos recuerdan tu aromática magnificencia.
VI
Ya no surcan las Nazas entre tus venas,
los perennes recuerdos han dejado huella sobre los caminos,
que sean forjados por los cálidos vientos de tu respirar sobre nuestras dunas,
poco a poco han quedado olvidados en las voces de los moribundos ayeres.
Paseamos por el jardín de nuestra gran madre
que nos cobija con su cálido abrazo,
nuestros pasos quedan grabados en la arena de su piel al alba,
vivimos en sus cicatrices forjadas por el tiempo implacable
que sopla su aliento bajo las ancestrales noches,
con su cabello lleno de dulces espinas que nos brindan sus virtudes,
hemos bebido lentamente de la savia bajo su mirada protectora,
nos amamantas con tus dunas de sabrosa nostalgia.
II
Nos recuerdas tu existencia cada vez que suspiras
y nos das tu polvosa bendición;
en el andar de tu piel moribunda por los pasos de la ignorancia
pagamos por las bendiciones que hemos robado de tu Laguna,
bajo tu mano nos cobras tus caricias y los secos besos
que enamoran en el ocaso de nuestra austera existencia.
III
Con tus murmullos, tu cuerpo, tu alma y tu corazón,
surge el llanto de los coyotes a lado de las promesas de las Auras,
una deliciosa muerte en cada aleteo entre las dunas.
IV
El padre Nazas con su llanto riega tu lienzo,
el cabello y tu boca deseosa de pecado,
cúpula de ancestral placer en los hilos del tiempo sobre el desierto,
honrosa oscuridad testigo de la procreación en tus sedientas venas.
V
Caminamos entre las decenas de musas que nos brinda tu piel,
las Noas que brotan de tus melosos senos,
el mejor de los regalos que otorgan al desértico amanecer,
que pintan con solemne belleza al horizonte del tiempo,
junto al húmedo aroma de las lágrimas del cielo,
que riegan las profundas cicatrices de tu arenisca piel,
nos recuerdan tu aromática magnificencia.
VI
Ya no surcan las Nazas entre tus venas,
los perennes recuerdos han dejado huella sobre los caminos,
que sean forjados por los cálidos vientos de tu respirar sobre nuestras dunas,
poco a poco han quedado olvidados en las voces de los moribundos ayeres.