Cual ola, cual cuantiosa masa de carne,
encolerizado, mugriento y pestilente,
se movía el pueblo pidiendo venganza,
gritando blasfemias con odio inclemente,
mientras subía los escalones, cabizbajo
y nervioso, el condenado, de cerca seguido
por los pesados pasos de brutal carnicero,
que tomaría cobranza por los actos cometidos.
Sobre la tarima tosca de manchada madera,
de frente a la gente, a su lado el cura,
sólo eran audibles la lectura de la sentencia
y el pueblo excitado en creciente locura.
- Arrepiéntete, hijo mío. - le decía el anciano,
y, de forma insolente, el criminal al callar,
volaron por los aires vegetales podridos
buscando su inmunda existencia atinar.
El verdugo, con un fuerte y violento empujón,
su cuerpo recostó en el planchón de madera,
y él, con sangre, vomitó su escasa vida,
apunto de morir, como animal cualquiera.
El hacha se elevó por el aire ardiente
con destellos fugaces que el sol le arrancó,
y bajó, rápida cual saeta, pesada como roca,
y sin vacilación alguna, al hombre decapitó.
El cuello se abrió con un filoso sonido,
la sangre subió cual marea de puerto,
entre el blanco hueso de la espina dorsal
y el resto de la carne, rebanada cual puerco.
Y en los escasos segundos en que caía
la cabeza, con los ojos de blanco color,
y el pueblo, como quien la mayor hazaña
observa, gritaba con aliento ensordecedor,
sobre el bullicio un grito ronco y potente
surgió, cual rugido triunfal en ganada batalla,
avivando aun más el griterío de la gente
y diciendo con voz ardiente: - ¡Muere, canalla!