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Muchacha del barrio inglés

Mauro

Mauricio Figueroa


He pensado en ti,
como se piensa en una ciudad antigua,
sin haberla recorrido jamás,
pero deseando descubrirla,
aunque sea en mis sueños.

Tú,
noble parisina
de los jardines de mi ensueño.

Yo,
un paria,
un despojo,
un adefesio subversivo
de las periferias de tu risa.

Si alguna vez te miré —y lo hice—,
fue para comprender
que el mundo no está hecho de hombres
ni de mujeres,
sino de abismos.
Abismos que se aman,
que se adivinan,
que tiemblan en la imposibilidad del roce.

Tú,
que cruzas avenidas de luz dorada;
yo,
que respiro en los pasajes
donde la pobreza se hace espejo y canto.

Nos divide algo que no es la materia:
Un pliegue,
una línea en el tiempo,
una frontera que nadie recuerda haber trazado
pero que separa el abismo fatal de nuestra existencia.

Te pienso,
y pensar en ti
es pensar en la imposibilidad misma del encuentro.
Quizá el amor,
como la justicia,
no exista sino en el deseo
de quienes lo sueñan.

¿Se conformará acaso
tu corazón burgués
con una luna de suburbios
y el pan amasado
en el fogón de la esperanza?

Eres el eco
de un idioma que desconozco,
y sin embargo me pertenece.

¿Sabrá acaso tu boca
que la beso dulcemente,
cada noche,
en mis sueños?

Cortesana de mis noches,
de mis días tristes,
de las tardes que busco
Tú rostro entre las gentes.

A la distancia,
dime que sí por un instante,
en una misiva,
en un contacto desde lejos,
o bien con un gesto,
con una caricia tenue
de tus pupilas
a mi mirada torpe,
rompe de una vez el velo que te guarda,
y fatalidad cruel de esta proletaria esperanza.
 
He pensado en ti,
como se piensa en una ciudad antigua,
sin haberla recorrido jamás,
pero deseando descubrirla,
aunque sea en mis sueños.

Tú,
noble parisina
de los jardines de mi ensueño.

Yo,
un paria,
un despojo,
un adefesio subversivo
de las periferias de tu risa.
Si alguna vez te miré —y lo hice—,
fue para comprender
que el mundo no está hecho de hombres
ni de mujeres,
sino de abismos.
Abismos que se aman,
que se adivinan,
que tiemblan en la imposibilidad del roce.

Tú,
que cruzas avenidas de luz dorada;
yo,
que respiro en los pasajes
donde la pobreza se hace espejo y canto.
Nos divide algo que no es la materia:
Un pliegue,
una línea en el tiempo,
una frontera que nadie recuerda haber trazado
pero que separa el abismo fatal de nuestra existencia.

Te pienso,
y pensar en ti
es pensar en la imposibilidad misma del encuentro.
Quizá el amor,
como la justicia,
no exista sino en el deseo
de quienes lo sueñan.
¿Se conformará acaso
tu corazón burgués
con una luna de suburbios
y el pan amasado
en el fogón de la esperanza?

Eres el eco
de un idioma que desconozco,
y sin embargo me pertenece.
¿Sabrá acaso tu boca
que la beso dulcemente,
cada noche,
en mis sueños?

Cortesana de mis noches,
de mis días tristes,
de las tardes que busco
Tú rostro entre las gentes.
A la distancia,
dime que sí por un instante,
en una misiva,
en un contacto desde lejos,
o bien con un gesto,
con una caricia tenue
de tus pupilas
a mi mirada torpe,
rompe de una vez el velo que te guarda,
y fatalidad cruel de esta proletaria esperanza.
Qué hermoso canto da amor. Saludos. Un gusto pasar por acá y leerte.
 
Última edición:

He pensado en ti,
como se piensa en una ciudad antigua,
sin haberla recorrido jamás,
pero deseando descubrirla,
aunque sea en mis sueños.

Tú,
noble parisina
de los jardines de mi ensueño.

Yo,
un paria,
un despojo,
un adefesio subversivo
de las periferias de tu risa.
Si alguna vez te miré —y lo hice—,
fue para comprender
que el mundo no está hecho de hombres
ni de mujeres,
sino de abismos.
Abismos que se aman,
que se adivinan,
que tiemblan en la imposibilidad del roce.

Tú,
que cruzas avenidas de luz dorada;
yo,
que respiro en los pasajes
donde la pobreza se hace espejo y canto.
Nos divide algo que no es la materia:
Un pliegue,
una línea en el tiempo,
una frontera que nadie recuerda haber trazado
pero que separa el abismo fatal de nuestra existencia.

Te pienso,
y pensar en ti
es pensar en la imposibilidad misma del encuentro.
Quizá el amor,
como la justicia,
no exista sino en el deseo
de quienes lo sueñan.
¿Se conformará acaso
tu corazón burgués
con una luna de suburbios
y el pan amasado
en el fogón de la esperanza?

Eres el eco
de un idioma que desconozco,
y sin embargo me pertenece.
¿Sabrá acaso tu boca
que la beso dulcemente,
cada noche,
en mis sueños?

Cortesana de mis noches,
de mis días tristes,
de las tardes que busco
Tú rostro entre las gentes.
A la distancia,
dime que sí por un instante,
en una misiva,
en un contacto desde lejos,
o bien con un gesto,
con una caricia tenue
de tus pupilas
a mi mirada torpe,
rompe de una vez el velo que te guarda,
y fatalidad cruel de esta proletaria esperanza.
Dos realidades diferentes, el amor y la justicia como conceptos inalcanzables.

Saludos
 

He pensado en ti,
como se piensa en una ciudad antigua,
sin haberla recorrido jamás,
pero deseando descubrirla,
aunque sea en mis sueños.

Tú,
noble parisina
de los jardines de mi ensueño.

Yo,
un paria,
un despojo,
un adefesio subversivo
de las periferias de tu risa.
Si alguna vez te miré —y lo hice—,
fue para comprender
que el mundo no está hecho de hombres
ni de mujeres,
sino de abismos.
Abismos que se aman,
que se adivinan,
que tiemblan en la imposibilidad del roce.

Tú,
que cruzas avenidas de luz dorada;
yo,
que respiro en los pasajes
donde la pobreza se hace espejo y canto.
Nos divide algo que no es la materia:
Un pliegue,
una línea en el tiempo,
una frontera que nadie recuerda haber trazado
pero que separa el abismo fatal de nuestra existencia.

Te pienso,
y pensar en ti
es pensar en la imposibilidad misma del encuentro.
Quizá el amor,
como la justicia,
no exista sino en el deseo
de quienes lo sueñan.
¿Se conformará acaso
tu corazón burgués
con una luna de suburbios
y el pan amasado
en el fogón de la esperanza?

Eres el eco
de un idioma que desconozco,
y sin embargo me pertenece.
¿Sabrá acaso tu boca
que la beso dulcemente,
cada noche,
en mis sueños?

Cortesana de mis noches,
de mis días tristes,
de las tardes que busco
Tú rostro entre las gentes.
A la distancia,
dime que sí por un instante,
en una misiva,
en un contacto desde lejos,
o bien con un gesto,
con una caricia tenue
de tus pupilas
a mi mirada torpe,
rompe de una vez el velo que te guarda,
y fatalidad cruel de esta proletaria esperanza.
Un verdadero placer encontrar estos versos. Me encantó. Saludos.
 
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