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Monotonía

César Guevar

Poeta que considera el portal su segunda casa
A las cuatro con treinta y cuatro de la madrugada comenzó a sentir que le se cerraban los párpados. Había humo en el ambiente. Era verano, el verano de los países tropicales; esa estación en la que piensas que todo tiene que explotar de solo agostarse bajo el sol, y agostarse, y llegar a ese estadio en el que no queda nada de agua, ni una sola molécula.

Había incendios por doquier; crepitantes infiernos del verano cebándose en los arbustos resecos, en la hierba de nadie.

La incertidumbre es difícil de manejar. Muerde en la carne del miedo y te enloquece. De pronto te ves… No: estás, sin verte, con las pulsaciones a 3706 por antiminuto, rogando que todo termine.

Eran las cuatro y treinta y cuatro de la madrugada. Comenzó a escribirle. Había humo y miedo en el ambiente. Enfermedad, muerte grisácea mordiéndolo todo como el mismísimo fuego. Se le cerraban los párpados, pero le escribía de todas maneras, entre el humo de una madrugada impresa en plomo, ebrio de destrucción, cercado por el caos.

¡Qué vaina! Otra relación hexadimensional... Imposible incluso para poetas.




César y soledad. Abril de 2020.
 
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