Miré madre tus ojos bellos,
y en ellos descubrí tantas cosas…
La belleza cristalina de tu alma.
La dulzura de tu espíritu sereno.
La fortaleza adquirida con la vida;
oculta en el delicado y frágil
envoltorio de tu ser.
Miré tus ojos y lloré...
al estar tan lejos de su cristalina belleza;
tan pequeña, tan miseria…
Miré tus ojos bellos
y encontré el resplandor de una mirada pura,
en el profundo anhelo del amor eterno.
Miré tus ojos madre tan llenos
del gozo del amor santo.
Miré tus ojos y sentí tus alegrías;
pero no de aquellas pasajeras,
sino de esas adquiridas por
lágrimas de paciente espera,
y por el triunfo del amor en
el alma limpia y recta.
Miré tus ojos madre...
y me acercaron más a Dios,
pues en ellos brilla la luz sabia
que te guía como hija, esposa y madre.
Miré tus ojos madre y me sentí, aún, tan lejos...