joel almo
Poeta recién llegado
En tiempos de zozobra
un corazón en la noche me acoge.
Son miles los corazones fraguados
por las manos, y solemne en las nubes
va cayendo un goterón a carcajadas
que explica de forma intrigada la vasta
tristeza de mi puerto estremecido.
Sí, aún así voy dibujando tu boca
a paso ensangrentado, y con gotas de topacio
incoloro, vas esperando los vuelos de las aves
que caen en el bosque levitado.
Vas enseñando todo lo que fue y no fue
con un sentimiento hidalgo a veces:
se estremece mis grandes ojos a gotas.
Hoy he caminado de la mano contigo:
se escucha un silencio en tus ojos,
las nubes son desiertos en tus pupilas,
y baila la tierra, baila tu mirada callada:
por eso la danza dibujada por los mares
me atrae ese aroma a piel trabajada.
En las lámparas adormecidas se podía
oír tus ojos naufragados, y distante, allí en el faro,
se trituraban las manos esperando la clemencia
sarcástica de la tierra firme que
como un tango de una sola cuerda
no soltaba los guantes ventosos del océano.
¡Oh tierra, tierra de mi cuerpo! ¡Ay cómo duele!
¡Ay martillo embanderado de sangre! ¡Sal de allí!
Entre hojas y leña hay una brújula destinada
que suele llorar el norte saqueado por los mares sin cielo.
Caen los mares y mi cuerpo de ciprés tallado.
¿No es verdad? Miré la brújula oxidada y dije:
"Es cosa de tiempo".
un corazón en la noche me acoge.
Son miles los corazones fraguados
por las manos, y solemne en las nubes
va cayendo un goterón a carcajadas
que explica de forma intrigada la vasta
tristeza de mi puerto estremecido.
Sí, aún así voy dibujando tu boca
a paso ensangrentado, y con gotas de topacio
incoloro, vas esperando los vuelos de las aves
que caen en el bosque levitado.
Vas enseñando todo lo que fue y no fue
con un sentimiento hidalgo a veces:
se estremece mis grandes ojos a gotas.
Hoy he caminado de la mano contigo:
se escucha un silencio en tus ojos,
las nubes son desiertos en tus pupilas,
y baila la tierra, baila tu mirada callada:
por eso la danza dibujada por los mares
me atrae ese aroma a piel trabajada.
En las lámparas adormecidas se podía
oír tus ojos naufragados, y distante, allí en el faro,
se trituraban las manos esperando la clemencia
sarcástica de la tierra firme que
como un tango de una sola cuerda
no soltaba los guantes ventosos del océano.
¡Oh tierra, tierra de mi cuerpo! ¡Ay cómo duele!
¡Ay martillo embanderado de sangre! ¡Sal de allí!
Entre hojas y leña hay una brújula destinada
que suele llorar el norte saqueado por los mares sin cielo.
Caen los mares y mi cuerpo de ciprés tallado.
¿No es verdad? Miré la brújula oxidada y dije:
"Es cosa de tiempo".
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