José Segundo Cefal
Poeta que considera el portal su segunda casa
Enseguida nos regalamos nuestras caricias,
nuestras formas de amor.
Yo, playas vírgenes, dorados amaneceres.
Tú, unos labios relamidos en la leche mamada,
sólo tenías que estirar la teta de tu madre para llegar
al placer del blanco de los ojos
que te aman y te miran extasiados.
Ven, perro, descansa en mi pecho, afila mis garras.
Desde mi infancia y la tuya
mis piernas y tus patas se han sumergido
en grandes aventuras, en diminutas grutas.
Tus ojos, mis ojos.
Hablábamos tantas palabras.
Hoy te regalo mis manos que te desencadenan
y te abrazo perro
y abrazo a todo aquel que me abraza
con su mirada
ante el vacío de tantas palabras indescifrables.
nuestras formas de amor.
Yo, playas vírgenes, dorados amaneceres.
Tú, unos labios relamidos en la leche mamada,
sólo tenías que estirar la teta de tu madre para llegar
al placer del blanco de los ojos
que te aman y te miran extasiados.
Ven, perro, descansa en mi pecho, afila mis garras.
Desde mi infancia y la tuya
mis piernas y tus patas se han sumergido
en grandes aventuras, en diminutas grutas.
Tus ojos, mis ojos.
Hablábamos tantas palabras.
Hoy te regalo mis manos que te desencadenan
y te abrazo perro
y abrazo a todo aquel que me abraza
con su mirada
ante el vacío de tantas palabras indescifrables.