NIÑA DE TIERRA
Poeta fiel al portal
El recién llegado miraba bruscamente
a un lado y a otro, como buscando algo,
y entonces,
el aire que mis pulmones tragaban en ése momento,
comenzó a quemar despiadado
los tejidos más superficiales
que a mi interior se encargaban de revestir.
Era su ira,
que diabólicamente envenenaba la atmósfera
con su creciente malhumor,
volviendo ácido
el aire de mi respiración.
El dolor comenzó a incitar a la desesperación,
mas no podía yo darme el lujo de quejarme,
pues el abominable visitante me encontraría,
y conmigo se desquitaría.
Debía esperar a que se fuera.
Pero el ardor se hacía sentir cada vez más,
se expandía como una hirviente infección,
así que aguanté la respiración lo más que pude.
Y el maldito no se iba.
Los brazos comenzaron a temblarme
y desesperada y sin pensarlo,
clavé mis uñas en mi abdomen,
sin sentir nada.
(El OTRO dolor dominaba mi mente).
Y el maldito no se iba.
Arrastré mis manos
lentamente por todo mi vientre,
despellejándolo y trazando grietas de sangre
en toda su superficie,
sin darme cuenta
que comenzaba a tener carne bajo mis uñas.
¡Dios mío, y el maldito no se iba!
La desesperación llegó a enloquecer
lo poco de mí que había quedado en mi cuerpo,
y sin recordar el motivo
que me obligaba a permanecer en silencio,
grité con tanta fuerza
que de los tajos que adornaban mi vientre
salieron jugosos chorros de fluyente sangre.
Y luego no hubo más nada.
Sólo una piedra en un monte verde.
Una cruz sobre la piedra.
Un nombre tallado en la piedra.
Mi nombre.
a un lado y a otro, como buscando algo,
y entonces,
el aire que mis pulmones tragaban en ése momento,
comenzó a quemar despiadado
los tejidos más superficiales
que a mi interior se encargaban de revestir.
Era su ira,
que diabólicamente envenenaba la atmósfera
con su creciente malhumor,
volviendo ácido
el aire de mi respiración.
El dolor comenzó a incitar a la desesperación,
mas no podía yo darme el lujo de quejarme,
pues el abominable visitante me encontraría,
y conmigo se desquitaría.
Debía esperar a que se fuera.
Pero el ardor se hacía sentir cada vez más,
se expandía como una hirviente infección,
así que aguanté la respiración lo más que pude.
Y el maldito no se iba.
Los brazos comenzaron a temblarme
y desesperada y sin pensarlo,
clavé mis uñas en mi abdomen,
sin sentir nada.
(El OTRO dolor dominaba mi mente).
Y el maldito no se iba.
Arrastré mis manos
lentamente por todo mi vientre,
despellejándolo y trazando grietas de sangre
en toda su superficie,
sin darme cuenta
que comenzaba a tener carne bajo mis uñas.
¡Dios mío, y el maldito no se iba!
La desesperación llegó a enloquecer
lo poco de mí que había quedado en mi cuerpo,
y sin recordar el motivo
que me obligaba a permanecer en silencio,
grité con tanta fuerza
que de los tajos que adornaban mi vientre
salieron jugosos chorros de fluyente sangre.
Y luego no hubo más nada.
Sólo una piedra en un monte verde.
Una cruz sobre la piedra.
Un nombre tallado en la piedra.
Mi nombre.