Mi esposa Asunción está inmersa en un sinfín de actividades siendo la pintura una de las que mayores satisfacciones le produce. Cuando se sienta ante el caballete se sumerge en otro mundo y el tiempo ya no cuenta a menos que el teléfono la interrumpa, el teléfono es lo único que no puede resistir, en cuanto suena sale disparada a cogerlo, yo ni siquiera lo oigo y sé que ha sonado cuando de repente la veo salir corriendo, ya está, me digo, es el teléfono.
Una tarde en que después de cenar se dispuso a pintar en un bonito cuadro de flores que tenía a medio hacer, sonó el dichoso aparato, se pasó casi quince minutos en animada charla sin que yo consiguiera deducir con quién hablaba, al terminar le pregunté quién era y me dice: Nada, una llamada equivocada, lo que pasa es era una compañera de la pintura y reconocí su voz así que le pregunté si era ella y al confirmarlo empezamos a charlar y me ha dicho que han escogido uno de mis cuadros para representar al centro de la Rovella en una exposición que van a hacer en el Palacio de las Artes de los trabajos hechos por miembros de las Universidades Populares. No sé si será verdad, mañana cuando vaya a la clase de pintura me enteraré. Naturalmente se puso nerviosa y ya no pudo seguir con la pintura esa noche.
Al día siguiente volvió de la Universidad toda excitada, en efecto, uno de sus cuadros era el seleccionado, no era uno de los que más le gustaban, pero al parecer, según le dijeron, tenía una técnica muy buena y parecía muy real, se trataba de un rincón pueblerino con luces y sombras muy logrados.
Inmediatamente decidió cambiarle el marco que en principio le había puesto, lo difícil era encontrar uno que lo realzase convenientemente, después de recorrer innumerables tiendas de molduras y comparar todo lo comparable resultó que el que mejor le iba era el que ya tenía, así que lo llevó tal como estaba.
El día de la inauguración de la exposición, nos pusimos nuestras mejores galas y fuimos al evento.
Cual sería nuestra sorpresa cuando nos impidieron la entrada por ser solo para las autoridades y artistas invitados, nacionales y extranjeros así como para los periodistas y televisión. De nada valió argumentar que mi esposa era una de las pintoras que exponía en el centro.
Se calentó un poco la discusión ya que yo acostumbro levantar la voz cuando reclamo unos derechos que creo me corresponden y ya nos estaban obligando a retirarnos cuando acertó a pasar un grupo de japoneses y de repente una de las mujeres que iba en el grupo empezó a dar grititos y se lanzo a los brazos de Asun entre exclamaciones de júbilo. Resultó ser Noriko Yamasako, una antigua amiga que teníamos en México y que venía como intérprete de la delegación japonesa por sus conocimientos del español. Cuando le explicamos la situación insistieron en que entrásemos con ellos y los encargados del museo no tuvieron más remedio que ceder a los ruegos de la delegación japonesa que no comprendían que siendo una de las expositoras no pudiese participar en la inauguración.
Así fue como recobramos una vieja amistad y mi esposa fue celebrada y reconocida por una de sus obras.
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