danie
solo un pensamiento...
Mareas que se entregan a los redivivos decesos;
un muro de la pleamar esponjosa se agrieta
con el brote carmín de tu ambrosía deidad
que colman de fosca luz los fanales perplejos
de todas mis eras.
Licor de badana de felpa,
hoja desnuda del verano en celo,
que trémula en los brazos de la cuna
con sus nanas de lisonjas
míticas de plenilunios;
con sus ojos que se escurren,
como el zumo de un limón agrio,
que se mezclan
con las sinfonías del luto del océano,
pintándolo de ambarinos recuerdos.
Es la piel de una flor
ya guardada como reliquias
en los cofres de la añoranza.
Ecos que navegan en la voces del viento,
en las quimeras de las náyades que resbalan
por la proa de los marinos
ebrios de excitantes estupefacientes.
Alas de pez que buscan el codicioso oxígeno
en la pecera de mis sueños.
Oxígeno carente en un mar desierto
y a la vez atestado con los huesos
de mis embarcaciones muertas.
Sacro aliento de los nautas del deseo,
de las efímeras estrellas
que colisionan contra el deslucido firmamento.
Ojos de mar que paulatinamente
van sepultando a los tripulantes,
sin brújula ni capitán,
de un ceniciento crucero
y su periplo de infinitos témpanos de hielo.
un muro de la pleamar esponjosa se agrieta
con el brote carmín de tu ambrosía deidad
que colman de fosca luz los fanales perplejos
de todas mis eras.
Licor de badana de felpa,
hoja desnuda del verano en celo,
que trémula en los brazos de la cuna
con sus nanas de lisonjas
míticas de plenilunios;
con sus ojos que se escurren,
como el zumo de un limón agrio,
que se mezclan
con las sinfonías del luto del océano,
pintándolo de ambarinos recuerdos.
Es la piel de una flor
ya guardada como reliquias
en los cofres de la añoranza.
Ecos que navegan en la voces del viento,
en las quimeras de las náyades que resbalan
por la proa de los marinos
ebrios de excitantes estupefacientes.
Alas de pez que buscan el codicioso oxígeno
en la pecera de mis sueños.
Oxígeno carente en un mar desierto
y a la vez atestado con los huesos
de mis embarcaciones muertas.
Sacro aliento de los nautas del deseo,
de las efímeras estrellas
que colisionan contra el deslucido firmamento.
Ojos de mar que paulatinamente
van sepultando a los tripulantes,
sin brújula ni capitán,
de un ceniciento crucero
y su periplo de infinitos témpanos de hielo.
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