La Lujuria, a estos ángulos de las extremidades del tiempo, es un triunfo
que no se puede disimular en las repisas. Es un ángel que desciende
para aleccionar los himnos que fueron aborrecidos:
Vienen con bemoles, transcritos de uno en uno, despegados de la garganta de un río
imposible. Vienen con sabores de fantasía y delirios que fueron acumulados
de tantos deseos. Y adjunto, se presenta un cuerpo, como de un nacimiento, cuerpo
de mujer que se acuna con la madurez:
Ese torso: atmosférico, audaz, deambula sobre un campo
abarrotado de volcanes combatientes, que rematan con facilidad, la talla
textual de la piel, y provocan inexactitudes
en la conducta. Es meritorio esconder, de inmediato, toda sombra
que no advenga sobre el sol de la sábana.
Arguye una alegría muy elíptica e inflexiva desde sus nalgas:
porque ellas desatan una convulsión de manzanas, que intentan besar el suelo
desde el árbol de la carne, cuando el terremoto de la marcha se aproxima
junto a la esquina de la almohada.
Además, un cáliz, le anida en su contextura: nítido y oscuro, subyugante y liberador,
pero que admite otro licor, acaecido desde las grupas, con una densidad imperecedera,
y que siempre exaspera en tempestades apolíneas.
que no se puede disimular en las repisas. Es un ángel que desciende
para aleccionar los himnos que fueron aborrecidos:
Vienen con bemoles, transcritos de uno en uno, despegados de la garganta de un río
imposible. Vienen con sabores de fantasía y delirios que fueron acumulados
de tantos deseos. Y adjunto, se presenta un cuerpo, como de un nacimiento, cuerpo
de mujer que se acuna con la madurez:
Ese torso: atmosférico, audaz, deambula sobre un campo
abarrotado de volcanes combatientes, que rematan con facilidad, la talla
textual de la piel, y provocan inexactitudes
en la conducta. Es meritorio esconder, de inmediato, toda sombra
que no advenga sobre el sol de la sábana.
Arguye una alegría muy elíptica e inflexiva desde sus nalgas:
porque ellas desatan una convulsión de manzanas, que intentan besar el suelo
desde el árbol de la carne, cuando el terremoto de la marcha se aproxima
junto a la esquina de la almohada.
Además, un cáliz, le anida en su contextura: nítido y oscuro, subyugante y liberador,
pero que admite otro licor, acaecido desde las grupas, con una densidad imperecedera,
y que siempre exaspera en tempestades apolíneas.
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