ivan dario
Poeta recién llegado
Tras el ignus fatuo
Que sobre la tierra vierte
El moribundo astro,
Se desliza impávida tu calavera triste,
Atravesando el humo pardo
Que de mi cigarrillo,
Como grano purulento
De la piel enferma, brota.
Me mira acongojada
Desprendiendo suavemente
Su mandíbula piante,
De la cual, aun escondidos penden,
Dos o tres hilos
De descompuesta carne.
Sonríe y de terror
Mi cuerpo puebla,
Al darme por enterado,
¡Solo!
Y entre el cementerio de mis sueños caminando.
Se acerca lenta
Como visión nocturna,
Paseando por entre sus huecas fosas
Un gigantesco gusano blanco.
¿Que quieres de mi?
Calavera inquieta de los negros astros,
Si este cuerpo árido
No entiende las razones
Que tus pasos cargan,
Pues a mis espaldas,
Lentamente,
El dolor de un niño se desliza,
Y mi orfandad de risas ya no canta
Ni los cánticos innatos de su tierna infancia.
Hazme saber,
¡Demonio proclamado santo!
¿Con cuantos dones a tu nombre
Yo he ensalzado?
Ya que no recuerdo
El sonido sordo
De tus derruidos dientes,
Chasqueando contra mi hueso blando
Y mi mesón de roble.
¡Que no!
¡Que no me insistas!
Tu bebedizo de cicuta amarga,
Tu lengua de mármol enfermiza
Mi sed de cuervo poco mengua,
Y mi calor,
Más que en tibiezas
Entre el frío atiza.
¡Aléjate!
Y llévate contigo tu desmembrada risa,
Que mi lapida y mi epígrafe
Ya son bastante compañía.
Que sobre la tierra vierte
El moribundo astro,
Se desliza impávida tu calavera triste,
Atravesando el humo pardo
Que de mi cigarrillo,
Como grano purulento
De la piel enferma, brota.
Me mira acongojada
Desprendiendo suavemente
Su mandíbula piante,
De la cual, aun escondidos penden,
Dos o tres hilos
De descompuesta carne.
Sonríe y de terror
Mi cuerpo puebla,
Al darme por enterado,
¡Solo!
Y entre el cementerio de mis sueños caminando.
Se acerca lenta
Como visión nocturna,
Paseando por entre sus huecas fosas
Un gigantesco gusano blanco.
¿Que quieres de mi?
Calavera inquieta de los negros astros,
Si este cuerpo árido
No entiende las razones
Que tus pasos cargan,
Pues a mis espaldas,
Lentamente,
El dolor de un niño se desliza,
Y mi orfandad de risas ya no canta
Ni los cánticos innatos de su tierna infancia.
Hazme saber,
¡Demonio proclamado santo!
¿Con cuantos dones a tu nombre
Yo he ensalzado?
Ya que no recuerdo
El sonido sordo
De tus derruidos dientes,
Chasqueando contra mi hueso blando
Y mi mesón de roble.
¡Que no!
¡Que no me insistas!
Tu bebedizo de cicuta amarga,
Tu lengua de mármol enfermiza
Mi sed de cuervo poco mengua,
Y mi calor,
Más que en tibiezas
Entre el frío atiza.
¡Aléjate!
Y llévate contigo tu desmembrada risa,
Que mi lapida y mi epígrafe
Ya son bastante compañía.