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Máscara

Isidora_Luna

Poeta recién llegado


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Máscara



Lloraba el rostro bajo el yeso... tinta,


sonrisa tallada a golpes de ceniza.

Sombra adentro rompiendo espejos;

sordo era el crujido del alma.



Solo unos dientes reían.

Todo era gesto, pose, pantomima.

Y aun así…

¡Qué hermoso mentía sin voz, aquel engendro!
 
La paz no carece de tristeza
ni exuda en exceso alegría...

Recuerdo la madrugada
cuando te pedí ver por la ventana
y notar que eramos los únicos
que observaban a los demás...

Tantos sentimientos y sensaciones
mezclando... confundiendo
retorciendo los hilos del destino
y la distancia
volviendo placer el dolor
rasgando vestiduras heladas
con las yemas ardiendo...

El candil oscilando
pasado el temblor
movía nuestras sombras
superponiendo lo que ambos
respirábamos con contenida
emoción silente
deseosa por explotar
y soltar los ruegos...
por jamás callar
el fuego de la piel.

Gotas blancas de cera caían
sobre brazos y piernas
en tanto el pábilo se ennegrecía
consumiendo su tiempo
y el nuestro...

Las telarañas de las esquinas
atrapaban tenues susurros
...
cómo quisiera ahora
recoger esos hilados
para acercarlos a mis oídos....
y tratar de recuperar
aquel concierto de jadeos...

Los encajes en las ventanas
se mueven lóbregas
...
será acaso
el anuncio
de que del otro lado de la calle
alguien disfruta
viendo lo oculto...
 
Última edición:

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Máscara



Lloraba el rostro bajo el yeso... tinta,


sonrisa tallada a golpes de ceniza.

Sombra adentro rompiendo espejos;

sordo era el crujido del alma.



Solo unos dientes reían.

Todo era gesto, pose, pantomima.

Y aun así…

¡Qué hermoso mentía sin voz, aquel engendro!
A veces pienso que el sufrimiento puede tener una forma de belleza propia.

Saludos
 
La paz no carece de tristeza
ni exuda en exceso alegría...

Recuerdo la madrugada
cuando te pedí ver por la ventana
y notar que eramos los únicos
que observaban a los demás...

Tantos sentimientos y sensaciones
mezclando... confundiendo
retorciendo los hilos del destino
y la distancia
volviendo placer el dolor
rasgando vestiduras heladas
con las yemas ardiendo...

El candil oscilando
pasado el temblor
movía nuestras sombras
superponiendo lo que ambos
respirábamos con contenida
emoción silente
deseosa por explotar
y soltar los ruegos...
por jamás callar
el fuego de la piel.

Gotas blancas de cera caían
sobre brazos y piernas
en tanto el pábilo se ennegrecía
consumiendo su tiempo
y el nuestro...

Las telarañas de las esquinas
atrapaban tenues susurros
...
cómo quisiera ahora
recoger esos hilados
para acercarlos a mis oídos....
y tratar de recuperar
aquel concierto de jadeos...

Los encajes en las ventanas
se mueven lóbregas
...
será acaso
el anuncio
de que del otro lado de la calle
alguien disfruta
viendo lo oculto...

No fue mi espejo
el que temblaba,
ni mi aliento
el que nubló aquel cristal.

La gota blanca
—ajena, lejana—
caía en otro silencio,
en otra estancia sin nombre.

Yo solo escucho,
distante,
el eco apagado de un rito
que nunca fue mío.
 
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