Jcmch
Poeta veterano en el portal.
Martín se paró frente al espejo. Un espejo alto, de cuerpo completo, con su marco rojo y delgado, brillante y sucio por los años. En él se reflejaba una imagen convexa: un chico muy joven, de delgadez impresionante, blanquísimo de piel, con ojos brillantes y profundos, indagadores de su descubierta desnudez. En su cerebro, las galas de su imaginación coloreaban de elegancia su figura corporal, y las sombras de la habitación danzaban entre risas sobre la piel suave y escasa del joven.
Martín alcanzó una silla, y la llevo hacia el espejo. Luego caminó pesadamente hacia el fondo del cuarto, y tomo un vestido negro que tendía en el suelo. Largo, de corte sutil y elegante, con volados finales tan femenino y glamoroso como su propia alma. Lo vistió con lentitud, como quien espera un sorbo de alegría; su cuerpo se amoldo a las formas deseables sin ningún esfuerzo, tal era su fuerza mental para crearse en otra historia y deshacerse de sus volatilidades. Así vestido, alcanzo una caja metálica, que dormitaba muy cerca de sus pies, y saco de ella una polvera azul, aquella que tomo de niño de la cajuela de su abuela, y que conservaba solo para ocasiones especiales aquel último y frustrado recuerdo de una familia que lo olvidó como un pasado deshonesto. Llenó un pañuelo de polvo y cubrió su rostro con él, moldeando sus formas faciales a imagen de diva y señora de la noche. Un gastado lápiz labial rojo seguía el orden ritual, llenando de matices luminosas su rostro enigmático y profundo; a éste le seguían las pestañas, cubiertas de negro, y un oscuro y triste color púrpura en los parpados. Una peluca negra y brillante completaba la transformación, ondulada y voluminosa, la cual escondió totalmente cualquier despojo de masculinidad tras la imagen dudosa de exuberante mujer.
Y así, completamente a tono, salió a su escenario. Un club informal...simple, lleno de gente compleja y fascinante: chicos con curiosa vestimenta, descamisados, maquillados, bohemios, culturados; chicas de mundo, amantes, modelos, de fuertes modos, de suaves modos, lunáticas y excéntricas. Cuando Martín salió a escena, los gritos despuntaron el lugar como hordas de fuerza interminable, de emoción y éxtasis ante la presencia de quien ya conocían bien. Su fama era sólida en el ambiente de la ciudad, y casi todos sabían de su extraña belleza femenina y los que no, se quedaban atónitos al recordar que sólo se trataba de un hombre disfrazado, pues el engaño era admirable. Comenzó con su espectáculo glamoroso, de libertad sexual y emocionante lujo; su cuerpo transformado danzaba en el escenario con gracia y aire de diva como cumpliendo su anhelo soñador de admiración y fama.
Mientras hacia esto, al fondo del club, en una mesa solitaria y fumando los últimos aires de su cigarrillo, un hombre joven se deleitaba observándole. Su imaginación volaba pensando en él, con la ansias sexuales que le respectan, y pensando en acariciar y poseer su fragancia femenina, atrapada en el cuerpo de un hombre. Le deseó con gran fuerza mientras los cigarrillos iban encendiéndose en su boca y las cenizas cayendo sobre la mesa oscura y apartada. Los ojos del hombre explotaban en un frenesí de encanto, sin saber muy bien por qué, y qué género realmente le atraía: si la imagen exuberante y divina de mujer que se mostraba, o el hombre enigmático y desinhibido que se escondía tras el maquillaje.
Finalmente Martín concluyo su presensación. El singular público vitoreo y celebro el show con emoción, y muchos se le acercaron para felicitarle y abrazarle. Sin embargo, sintió una mirada punzante y profunda clavándosele en los ojos. Entre los abrazos y las palmadas, pudo alzar la vista, y observar un par de ojos azules que brillaban al fondo. Ojos de cristal torneado, con la luz de otoño brillante atrás de las pupilas, y un rostro juvenil, una figura deseable y una esencia varonil irresistible para él. Al verlo, se sintió intimidado, y por primera vez desde que se vestía de mujer, sintió vergüenza por su imagen y su apariencia, tan poco dignas, según sus pensamientos, de un hombre como ese. Inmediatamente tomó sus despojos, y abandonó súbitamente el escenario para llegar al camerino, causando el asombro de los presentes.
Mientras se desmaquillaba, miró de cerca su rostro. El rimel corrido se regaba junto a sus ojos, y su imagen le causó tristeza, tanta que su mirada no pudo apartarse del espejo en largo rato.
De pronto, tocaron la puerta. Martín miro hacia ella y su desanimo creció. Sin apurarse se limpio los ojos y pronuncio: Adelante. Se quedo atónito, inmóvil, sin poder emitir palabra: era el hombre de la mesa. Su semblante merecía reconocimiento, de una belleza masculina que Martín no podía creer. Su figura sentenciaba a un dios griego, y su seguridad infringía un aire de poder y soberbia que sobrepasaba la atracción. Lentamente se acercó a Martín, quien estaba aún en la silla frente al espejo, lleno de un manantial de colores en el rostro, pálido de espanto y sorpresa. Lo tomo por el brazo y lo atrajo hacia su regazo: Tú vienes conmigo, dijo, y el pobre chico literalmente se derritió de encanto entre sus brazos, sin poder negarse a la imperiosa orden que se le infringía.
Esa noche la carne se deleitó con toda la amplitud que el mundo conocía. Los cuerpos se mezclaron en un arar y roer entre las sábanas, llenándose a cada momento de los aceites emblemáticos de la sodomía. Era tal la potencia y deseo de sus pieles, que olvidaron al mundo en un instante olvidaron sus dolores intrínsicos sus pesares y sus miedos frívolos. Martín no podía creer su fortuna, pues en ese momento vivía lo que jamás pensó. Ya se había resignado a jamás poder estar con un hombre varonil, como siempre lo deseó, y nunca pensó que podría rescatar su sexualidad perdida.
Así estuvieron toda la noche. Desenfrenados en un hotel simple y rústico, de viejas ventanas de madera y cursi decoración. Las mantas lucían ya marfiladas, por el constante devenir en que se encontraban, cuando ya agotados, los venció la dulce satisfacción de los deseos cumplidos, y la lujuria saciada. Ambos abrazados dormitaron entre los ruidos de la calle lejanos y sordos en la insegura madrugada citadina.
El sol se posó en la habitación a través de la ventana testigo, con los aires frescos del mecanismo de taciturnos. El hombre despertó y vio el techo de cielo raso, coloreado con ridículas pinceladas multicolores. Estiró su brazo hacia su izquierda y notó que ese lado de la cama se encontraba vacío. Esbozó una sonrisa y se estiró en la cama desperezándose, y colocó ambas manos entre la cabeza y la almohada para esperar a Martín.
Tuvo, sin embargo, el impulso sutil de buscarlo el mismo. Se levanto con los ojos aún pesados y ciertamente cansados. Se colocó nuevamente la ropa interior de trazos verdes que tanto le agradaban, y se dirigió al baño, donde según él, con toda seguridad se encontraba Martín. Al abrir la puerta, no lo vio. Buscó mas adentro y no sintió su presencia. Decidió dirigirse a la ducha lentamente con un leve presentimiento en su corazón abrió la cortina con rapidez y tampoco estaba allí.
De pronto le pareció ver manchas en el espejo manchas rojas
Se acercó con gran expectación y duda. No podía distinguir bien de que se trataba, sus ojos aún no se acostumbraban a la luz matinal. Tuvo que acercarse más y limpiarlos con las manos para abrirlos bien.
Al instante, su rostro palideció. Como un relámpago, su corazón explotó en un desenfreno de latidos incesantes y su cuerpo inmóvil, se torno frío de espanto.
En el espejo, escrito en lápiz labial, pudo leer: Bienvenido al maravilloso mundo del Sida
Martín alcanzó una silla, y la llevo hacia el espejo. Luego caminó pesadamente hacia el fondo del cuarto, y tomo un vestido negro que tendía en el suelo. Largo, de corte sutil y elegante, con volados finales tan femenino y glamoroso como su propia alma. Lo vistió con lentitud, como quien espera un sorbo de alegría; su cuerpo se amoldo a las formas deseables sin ningún esfuerzo, tal era su fuerza mental para crearse en otra historia y deshacerse de sus volatilidades. Así vestido, alcanzo una caja metálica, que dormitaba muy cerca de sus pies, y saco de ella una polvera azul, aquella que tomo de niño de la cajuela de su abuela, y que conservaba solo para ocasiones especiales aquel último y frustrado recuerdo de una familia que lo olvidó como un pasado deshonesto. Llenó un pañuelo de polvo y cubrió su rostro con él, moldeando sus formas faciales a imagen de diva y señora de la noche. Un gastado lápiz labial rojo seguía el orden ritual, llenando de matices luminosas su rostro enigmático y profundo; a éste le seguían las pestañas, cubiertas de negro, y un oscuro y triste color púrpura en los parpados. Una peluca negra y brillante completaba la transformación, ondulada y voluminosa, la cual escondió totalmente cualquier despojo de masculinidad tras la imagen dudosa de exuberante mujer.
Y así, completamente a tono, salió a su escenario. Un club informal...simple, lleno de gente compleja y fascinante: chicos con curiosa vestimenta, descamisados, maquillados, bohemios, culturados; chicas de mundo, amantes, modelos, de fuertes modos, de suaves modos, lunáticas y excéntricas. Cuando Martín salió a escena, los gritos despuntaron el lugar como hordas de fuerza interminable, de emoción y éxtasis ante la presencia de quien ya conocían bien. Su fama era sólida en el ambiente de la ciudad, y casi todos sabían de su extraña belleza femenina y los que no, se quedaban atónitos al recordar que sólo se trataba de un hombre disfrazado, pues el engaño era admirable. Comenzó con su espectáculo glamoroso, de libertad sexual y emocionante lujo; su cuerpo transformado danzaba en el escenario con gracia y aire de diva como cumpliendo su anhelo soñador de admiración y fama.
Mientras hacia esto, al fondo del club, en una mesa solitaria y fumando los últimos aires de su cigarrillo, un hombre joven se deleitaba observándole. Su imaginación volaba pensando en él, con la ansias sexuales que le respectan, y pensando en acariciar y poseer su fragancia femenina, atrapada en el cuerpo de un hombre. Le deseó con gran fuerza mientras los cigarrillos iban encendiéndose en su boca y las cenizas cayendo sobre la mesa oscura y apartada. Los ojos del hombre explotaban en un frenesí de encanto, sin saber muy bien por qué, y qué género realmente le atraía: si la imagen exuberante y divina de mujer que se mostraba, o el hombre enigmático y desinhibido que se escondía tras el maquillaje.
Finalmente Martín concluyo su presensación. El singular público vitoreo y celebro el show con emoción, y muchos se le acercaron para felicitarle y abrazarle. Sin embargo, sintió una mirada punzante y profunda clavándosele en los ojos. Entre los abrazos y las palmadas, pudo alzar la vista, y observar un par de ojos azules que brillaban al fondo. Ojos de cristal torneado, con la luz de otoño brillante atrás de las pupilas, y un rostro juvenil, una figura deseable y una esencia varonil irresistible para él. Al verlo, se sintió intimidado, y por primera vez desde que se vestía de mujer, sintió vergüenza por su imagen y su apariencia, tan poco dignas, según sus pensamientos, de un hombre como ese. Inmediatamente tomó sus despojos, y abandonó súbitamente el escenario para llegar al camerino, causando el asombro de los presentes.
Mientras se desmaquillaba, miró de cerca su rostro. El rimel corrido se regaba junto a sus ojos, y su imagen le causó tristeza, tanta que su mirada no pudo apartarse del espejo en largo rato.
De pronto, tocaron la puerta. Martín miro hacia ella y su desanimo creció. Sin apurarse se limpio los ojos y pronuncio: Adelante. Se quedo atónito, inmóvil, sin poder emitir palabra: era el hombre de la mesa. Su semblante merecía reconocimiento, de una belleza masculina que Martín no podía creer. Su figura sentenciaba a un dios griego, y su seguridad infringía un aire de poder y soberbia que sobrepasaba la atracción. Lentamente se acercó a Martín, quien estaba aún en la silla frente al espejo, lleno de un manantial de colores en el rostro, pálido de espanto y sorpresa. Lo tomo por el brazo y lo atrajo hacia su regazo: Tú vienes conmigo, dijo, y el pobre chico literalmente se derritió de encanto entre sus brazos, sin poder negarse a la imperiosa orden que se le infringía.
Esa noche la carne se deleitó con toda la amplitud que el mundo conocía. Los cuerpos se mezclaron en un arar y roer entre las sábanas, llenándose a cada momento de los aceites emblemáticos de la sodomía. Era tal la potencia y deseo de sus pieles, que olvidaron al mundo en un instante olvidaron sus dolores intrínsicos sus pesares y sus miedos frívolos. Martín no podía creer su fortuna, pues en ese momento vivía lo que jamás pensó. Ya se había resignado a jamás poder estar con un hombre varonil, como siempre lo deseó, y nunca pensó que podría rescatar su sexualidad perdida.
Así estuvieron toda la noche. Desenfrenados en un hotel simple y rústico, de viejas ventanas de madera y cursi decoración. Las mantas lucían ya marfiladas, por el constante devenir en que se encontraban, cuando ya agotados, los venció la dulce satisfacción de los deseos cumplidos, y la lujuria saciada. Ambos abrazados dormitaron entre los ruidos de la calle lejanos y sordos en la insegura madrugada citadina.
El sol se posó en la habitación a través de la ventana testigo, con los aires frescos del mecanismo de taciturnos. El hombre despertó y vio el techo de cielo raso, coloreado con ridículas pinceladas multicolores. Estiró su brazo hacia su izquierda y notó que ese lado de la cama se encontraba vacío. Esbozó una sonrisa y se estiró en la cama desperezándose, y colocó ambas manos entre la cabeza y la almohada para esperar a Martín.
Tuvo, sin embargo, el impulso sutil de buscarlo el mismo. Se levanto con los ojos aún pesados y ciertamente cansados. Se colocó nuevamente la ropa interior de trazos verdes que tanto le agradaban, y se dirigió al baño, donde según él, con toda seguridad se encontraba Martín. Al abrir la puerta, no lo vio. Buscó mas adentro y no sintió su presencia. Decidió dirigirse a la ducha lentamente con un leve presentimiento en su corazón abrió la cortina con rapidez y tampoco estaba allí.
De pronto le pareció ver manchas en el espejo manchas rojas
Se acercó con gran expectación y duda. No podía distinguir bien de que se trataba, sus ojos aún no se acostumbraban a la luz matinal. Tuvo que acercarse más y limpiarlos con las manos para abrirlos bien.
Al instante, su rostro palideció. Como un relámpago, su corazón explotó en un desenfreno de latidos incesantes y su cuerpo inmóvil, se torno frío de espanto.
En el espejo, escrito en lápiz labial, pudo leer: Bienvenido al maravilloso mundo del Sida