Marisol era hija
de una bruja de manual
y heredó las cualidades
de su especial mamá.
Pero no quería ser
como de ella se esperaba.
De negro no se vestía;
no se desplazaba
en una vetusta escoba
cuando la medianoche
se iniciaba.
Ella usaba una bicicleta,
que volaba sin problemas
cuando su manillar frotaba.
Era mucho más moderno,
¡dónde iba a parar!;
la bici es ecológica
y de moda ahora está.
No le gustaba en absoluto,
las pócimas que su madre
le instaba a preparar.
Usar entrañas y otras cosas,
de aspecto repugnante,
no era nada agradable
en el caldero mezclar.
Ella prefería utilizar
los pétalos de las orquídeas,
muérdago y azafrán,
la dulzura de la miel,
con un poquito de azahar.
Su madre le decía
que su nombre era vulgar
para destacar como bruja,
pero a ella le daba igual.
Si su progenitora,
por gusto propio,
Ágata se renombró,
y olvidó, como si tal cosa,
que como Juana nació,
ella fiel sería al nombre
que exactamente la reflejaba,
cual si fuera rayo de sol.
Marisol, era alegre,
y los amaneceres
hacían crecer su poder.
La noche la deprimía
y de compañía un gato,
negro y oscuro,
ella no quería tener.
Se acompañaba de una ninfa,
divertida y juguetona,
que sobre su hombro se posaba
y siempre sus hechizos jaleaba.
Al atardecer, cuando los aquelarres
salen bajo la luna a danzar,
ella en su cama se recostaba,
a su carolina le cantaba
y creaba pompas de luz radiantes,
que la envolvían en tibia calidez,
que a las sombras desterraban,
asustadas de su magia blanca.
de una bruja de manual
y heredó las cualidades
de su especial mamá.
Pero no quería ser
como de ella se esperaba.
De negro no se vestía;
no se desplazaba
en una vetusta escoba
cuando la medianoche
se iniciaba.
Ella usaba una bicicleta,
que volaba sin problemas
cuando su manillar frotaba.
Era mucho más moderno,
¡dónde iba a parar!;
la bici es ecológica
y de moda ahora está.
No le gustaba en absoluto,
las pócimas que su madre
le instaba a preparar.
Usar entrañas y otras cosas,
de aspecto repugnante,
no era nada agradable
en el caldero mezclar.
Ella prefería utilizar
los pétalos de las orquídeas,
muérdago y azafrán,
la dulzura de la miel,
con un poquito de azahar.
Su madre le decía
que su nombre era vulgar
para destacar como bruja,
pero a ella le daba igual.
Si su progenitora,
por gusto propio,
Ágata se renombró,
y olvidó, como si tal cosa,
que como Juana nació,
ella fiel sería al nombre
que exactamente la reflejaba,
cual si fuera rayo de sol.
Marisol, era alegre,
y los amaneceres
hacían crecer su poder.
La noche la deprimía
y de compañía un gato,
negro y oscuro,
ella no quería tener.
Se acompañaba de una ninfa,
divertida y juguetona,
que sobre su hombro se posaba
y siempre sus hechizos jaleaba.
Al atardecer, cuando los aquelarres
salen bajo la luna a danzar,
ella en su cama se recostaba,
a su carolina le cantaba
y creaba pompas de luz radiantes,
que la envolvían en tibia calidez,
que a las sombras desterraban,
asustadas de su magia blanca.