Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Primero no digas que los eliges mal.
Los imposibles no se eligen: te reconocen.
Tienen una manera de mirarte como si fueras la única ventana en una casa incendiada.
Y tú, que siempre has querido salvar algo —aunque sea una sombra—, entras.
Segundo: no confundas intensidad con destino.
El amor imposible suele hablar en mayúsculas,
promete universos paralelos,
te escribe a las tres de la mañana como si el insomnio fuera prueba de eternidad.
Pero el insomnio no es eternidad:
es apenas una habitación sin cortinas.
Tercero: sospecha del hombre que siempre está a punto de irse.
El que ama con un pie en la puerta
y el otro en tu pecho.
Ese que te dice “si las cosas fueran distintas”
como si el mundo fuera una excusa
y no una decisión.
Cuarto: no te culpes por imaginar futuros.
Las mujeres que persiguen imposibles no son ingenuas;
son arquitectas del aire.
Saben construir casas donde solo hay viento.
El problema es que el viento no firma contratos.
Quinto: aprende a leer los silencios.
Hay silencios que abrazan
y silencios que esconden.
El amor imposible domina el segundo:
desaparece con elegancia,
regresa con nostalgia,
te hace sentir que el problema fue el calendario
y no su falta de coraje.
Sexto: si decides quedarte, quédate sabiendo.
Si decides irte, vete sin dramatismo.
Los imposibles se alimentan del teatro.
Se vuelven héroes en tu memoria
porque nunca tuvieron que enfrentarse a la rutina,
a la ropa sucia,
a los lunes.
Séptimo: no confundas profundidad con inaccesibilidad.
Un hombre puede ser misterioso
y aun así estar disponible.
El que no está, no está.
No importa cuántas metáforas inventes para explicarlo.
Octavo: mírate.
Sí, mírate de verdad.
Hay algo en ti que ama el vértigo.
Que prefiere la cuerda floja
al suelo firme.
No es debilidad.
Es hambre de intensidad.
Pero recuerda: también mereces la calma.
Y por último:
cuando el próximo imposible aparezca
con su sonrisa de incendio controlado,
pregúntate si quieres otra vez aprender a sobrevivir llamas
o si ya es hora
de elegir un amor que no te obligue a correr tras él,
sino que camine contigo
sin mapas,
pero con intención.
Porque perseguir es hermoso
hasta que te cansas de no ser alcanzada.
Los imposibles no se eligen: te reconocen.
Tienen una manera de mirarte como si fueras la única ventana en una casa incendiada.
Y tú, que siempre has querido salvar algo —aunque sea una sombra—, entras.
Segundo: no confundas intensidad con destino.
El amor imposible suele hablar en mayúsculas,
promete universos paralelos,
te escribe a las tres de la mañana como si el insomnio fuera prueba de eternidad.
Pero el insomnio no es eternidad:
es apenas una habitación sin cortinas.
Tercero: sospecha del hombre que siempre está a punto de irse.
El que ama con un pie en la puerta
y el otro en tu pecho.
Ese que te dice “si las cosas fueran distintas”
como si el mundo fuera una excusa
y no una decisión.
Cuarto: no te culpes por imaginar futuros.
Las mujeres que persiguen imposibles no son ingenuas;
son arquitectas del aire.
Saben construir casas donde solo hay viento.
El problema es que el viento no firma contratos.
Quinto: aprende a leer los silencios.
Hay silencios que abrazan
y silencios que esconden.
El amor imposible domina el segundo:
desaparece con elegancia,
regresa con nostalgia,
te hace sentir que el problema fue el calendario
y no su falta de coraje.
Sexto: si decides quedarte, quédate sabiendo.
Si decides irte, vete sin dramatismo.
Los imposibles se alimentan del teatro.
Se vuelven héroes en tu memoria
porque nunca tuvieron que enfrentarse a la rutina,
a la ropa sucia,
a los lunes.
Séptimo: no confundas profundidad con inaccesibilidad.
Un hombre puede ser misterioso
y aun así estar disponible.
El que no está, no está.
No importa cuántas metáforas inventes para explicarlo.
Octavo: mírate.
Sí, mírate de verdad.
Hay algo en ti que ama el vértigo.
Que prefiere la cuerda floja
al suelo firme.
No es debilidad.
Es hambre de intensidad.
Pero recuerda: también mereces la calma.
Y por último:
cuando el próximo imposible aparezca
con su sonrisa de incendio controlado,
pregúntate si quieres otra vez aprender a sobrevivir llamas
o si ya es hora
de elegir un amor que no te obligue a correr tras él,
sino que camine contigo
sin mapas,
pero con intención.
Porque perseguir es hermoso
hasta que te cansas de no ser alcanzada.