Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Primero,
no niegues la herida.
Un poema de amor no se escribe con flores,
se escribe con costillas abiertas.
Siéntate frente a la mesa
como quien se sienta frente a un cadáver.
Mira de frente lo que ya no respira.
Llámalo por su nombre.
Repite ese nombre hasta que sangre.
Segundo,
no uses palabras bonitas.
Las palabras bonitas son vendas sucias.
Di “me duele”.
Di “me abandonaste”.
Di “todavía te espero aunque sé que no volverás”.
Eso es más honesto que cualquier metáfora.
Tercero,
recoge los restos:
una taza olvidada,
una risa que todavía flota en la cocina,
una promesa que no sobrevivió al invierno.
Ponlos sobre el papel como pruebas del crimen.
Cuarto,
no intentes ser digno.
La dignidad no escribe.
Escribe el que tiembla.
El que llama a medianoche y cuelga.
El que revisa el teléfono como si fuera una herida que no cierra.
Quinto,
acepta que el poema no va a arreglar nada.
No va a traer de vuelta a nadie.
No va a coser el corazón con hilo invisible.
Pero al menos va a decir la verdad:
que amaste.
Que te rompieron.
Que sigues respirando.
Y al final,
cuando ya no queden lágrimas,
cuando la noche esté vacía y tú también,
deja el poema sobre la mesa
como quien deja un arma descargada.
No para disparar de nuevo.
Sino para recordar
que sobreviviste al disparo.
Eso es todo.
Así se construye un poema de amor
cuando el corazón está roto:
con lo que quedó de ti.