IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Me besa la métrica,
midiendo mis palabras,
secas,
aún firmes,
en la extensión de mi llanto,
su beso es tan grueso,
como coloso grito de dragón,
de ese fuego eterno
que de algún infierno desde el cielo cae,
es claro
que los sueños nos llevan ventaja,
es claro
que los pájaros aún sueñan que son libres,
es oscuro
el tedio del tedioso misterio,
si se busca lo mundano entre su oscuridad,
si se vive
pensando en lo posible,
ni aún en superar aquellos límites visibles,
ahorcados con las estrellas,
con esa luz
que quema el habla del alma,
tenue resquicio de mortandad divina,
la liviandad en la luna se vuelve inevitable,
quebrando como papel su sonrisa,
blanquecina, ahora solo carbón,
que se quema junto al horizonte,
aún cansado
porque el firmamento pesa demasiado,
y en algún vórtice
la oscuridad implosiona,
con una voracidad inimaginable,
se abre el umbral de la inexistencia,
inconmensurable su poder de destrucción,
tan rígido como la gravedad,
que fue solo una brisa
de muerta naturaleza,
un aliento frío
del tiempo absoluto,
gimiendo entre sus fauces abiertas,
la desilusión toca
en la puerta de cada corazón,
pero sobretodo lo quiebra,
al ser más feliz ahora dubitativo,
ahora eligiendo entre la desidia,
o la tristeza de la lluvia,
pero solo se escucha un eco,
tan lento,
de un dolor que no se cura,
ella fue cielo,
ella fue tierra,
ahora olvido y vacío,
luz sin sombra,
existencia,
carente de sentido.
midiendo mis palabras,
secas,
aún firmes,
en la extensión de mi llanto,
su beso es tan grueso,
como coloso grito de dragón,
de ese fuego eterno
que de algún infierno desde el cielo cae,
es claro
que los sueños nos llevan ventaja,
es claro
que los pájaros aún sueñan que son libres,
es oscuro
el tedio del tedioso misterio,
si se busca lo mundano entre su oscuridad,
si se vive
pensando en lo posible,
ni aún en superar aquellos límites visibles,
ahorcados con las estrellas,
con esa luz
que quema el habla del alma,
tenue resquicio de mortandad divina,
la liviandad en la luna se vuelve inevitable,
quebrando como papel su sonrisa,
blanquecina, ahora solo carbón,
que se quema junto al horizonte,
aún cansado
porque el firmamento pesa demasiado,
y en algún vórtice
la oscuridad implosiona,
con una voracidad inimaginable,
se abre el umbral de la inexistencia,
inconmensurable su poder de destrucción,
tan rígido como la gravedad,
que fue solo una brisa
de muerta naturaleza,
un aliento frío
del tiempo absoluto,
gimiendo entre sus fauces abiertas,
la desilusión toca
en la puerta de cada corazón,
pero sobretodo lo quiebra,
al ser más feliz ahora dubitativo,
ahora eligiendo entre la desidia,
o la tristeza de la lluvia,
pero solo se escucha un eco,
tan lento,
de un dolor que no se cura,
ella fue cielo,
ella fue tierra,
ahora olvido y vacío,
luz sin sombra,
existencia,
carente de sentido.