Angelluzgris
Poeta recién llegado
Apareciste en un sueño,
no como recuerdo,
sino como advertencia.
Te acercaste desde la sombra
y tu voz —antigua, intacta—
me susurró:
él no soy yo. Date cuenta.
Mis colmillos no fueron dolor,
fueron amor verdadero,
del que muerde el alma joven
y la despierta para siempre.
Esa alma
que aún te llama
cuando la noche cae
y la sangre recuerda.
Despierto.
Y no estás.
Solo queda tu sombra
habitándome,
no para poseerme,
sino para avisarme.
No quise creerte.
Seguí danzando entre nombres ajenos,
hasta que los días —uno a uno—
te dieron la razón.
Regresas cuando menos lo pienso,
cuando creo haberte soltado.
Ahí estás,
como un pensamiento que insiste:
no eres así,
no juegues con sombras hambrientas,
dama mía.
Sonrío
y dejo que el velo de tul oculte mi rostro,
aunque sé
que puedes verme igual.
Bailamos.
No por deseo,
sino por advertencia.
Y dices, sin reproche:
amor, déjame ir.
Lloro,
aferrada a recuerdos que aún sangran,
aunque hace años
ya no eres mío.
Entonces tu voz se vuelve más grave:
aún habito tu corazón,
y eso es lo que más te hiere.
Suéltame,
repites como un conjuro.
No busques hombres que se parezcan a mí,
no saben sostener tu sensibilidad.
Recuerda quién eres.
Eres hija de la Luna Roja,
no de cualquier noche.
Tu corazón es un altar,
no un juego.
Despierto
con la certeza intacta:
una vez más
no viniste a amarme…
viniste a salvarme.
no como recuerdo,
sino como advertencia.
Te acercaste desde la sombra
y tu voz —antigua, intacta—
me susurró:
él no soy yo. Date cuenta.
Mis colmillos no fueron dolor,
fueron amor verdadero,
del que muerde el alma joven
y la despierta para siempre.
Esa alma
que aún te llama
cuando la noche cae
y la sangre recuerda.
Despierto.
Y no estás.
Solo queda tu sombra
habitándome,
no para poseerme,
sino para avisarme.
No quise creerte.
Seguí danzando entre nombres ajenos,
hasta que los días —uno a uno—
te dieron la razón.
Regresas cuando menos lo pienso,
cuando creo haberte soltado.
Ahí estás,
como un pensamiento que insiste:
no eres así,
no juegues con sombras hambrientas,
dama mía.
Sonrío
y dejo que el velo de tul oculte mi rostro,
aunque sé
que puedes verme igual.
Bailamos.
No por deseo,
sino por advertencia.
Y dices, sin reproche:
amor, déjame ir.
Lloro,
aferrada a recuerdos que aún sangran,
aunque hace años
ya no eres mío.
Entonces tu voz se vuelve más grave:
aún habito tu corazón,
y eso es lo que más te hiere.
Suéltame,
repites como un conjuro.
No busques hombres que se parezcan a mí,
no saben sostener tu sensibilidad.
Recuerda quién eres.
Eres hija de la Luna Roja,
no de cualquier noche.
Tu corazón es un altar,
no un juego.
Despierto
con la certeza intacta:
una vez más
no viniste a amarme…
viniste a salvarme.