Tamar
Poeta adicto al portal
Luna de Madera
Dos giros para entrar en la oscuridad,
un abrazo de bienvenida que tiñe el aire.
Aquí, en el cajón de los espejos de clases
se baila con los ojos cerrados, para variar.
El aire empieza a escaparse por la puerta,
su pecho se codea con inhalar y exhalar,
descansa sobre sábanas de seda,
y los ojos no reflejan ya más guerras.
En su mirada los paisajes se borraban,
en sus manos el amor se disparaba.
Eran ojos de tablas, de una mirada vieja,
que en el eco sus tacones suenan.
Bailando en una luna de madera.
Y discutía el miedo con la noche,
fueron golpes que el tiempo marcó,
fueron pisadas que arrastraban más que noche.
Fue el perder de pronto su viejo reloj.
Algunas veces se lanzaba a pactos con la soledad,
y sonreía con los rastros que le dejaba el mar,
se hundía en la arena, tal cual lo hacía en sus penas,
y volvía luego el mar,
llevándose sus ojos, sus respuestas.
Dos giros para entrar en la oscuridad,
un abrazo de bienvenida que tiñe el aire.
Aquí, en el cajón de los espejos de clases
se baila con los ojos cerrados, para variar.
El aire empieza a escaparse por la puerta,
su pecho se codea con inhalar y exhalar,
descansa sobre sábanas de seda,
y los ojos no reflejan ya más guerras.
En su mirada los paisajes se borraban,
en sus manos el amor se disparaba.
Eran ojos de tablas, de una mirada vieja,
que en el eco sus tacones suenan.
Bailando en una luna de madera.
Y discutía el miedo con la noche,
fueron golpes que el tiempo marcó,
fueron pisadas que arrastraban más que noche.
Fue el perder de pronto su viejo reloj.
Algunas veces se lanzaba a pactos con la soledad,
y sonreía con los rastros que le dejaba el mar,
se hundía en la arena, tal cual lo hacía en sus penas,
y volvía luego el mar,
llevándose sus ojos, sus respuestas.
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