Manolo Martínez
Poeta fiel al portal
¡Los titiriteros, llegan los titiriteros! gritan los niños de la villa. Estos mocosos no saben que cuando llegan ellos y se instalan aquí con sus herramientas, barbas espesas, rastas y cabellos largos, además de artistas, son también ayudantes plomeros, albañiles, carpinteros, y hasta pseudo arquitectos e ingenieros cuando proyectan los desagotes pluviales en las calles barrosas y empantanadas.
Hacen el oficio de maestros y profesores sin título, dejando fotocopias en cartillas con diverso contenido escolar, y recién al final del día, mientras toman mate, se meten en la casilla de madera para alegrar la tarde noche con el espectáculo titiritesco gratuito y colorido.
Ellas, las “titiriteras”, novias y compañeras de aquellos, con sus faldas multicolores y sus aguayos, no sólo cocinan en el salón comedor del barrio, sino que también aportan recetas variadas y nutritivas; también dejan cartillas relacionados con oficios diversos para que las mamás aprendan y preservativos para que no se llenen de niños.
Cuando todos ya se marchan, los niños con sus caras tristes saludan a los visitantes. La humilde villa, eterna abandonada por los gobiernos de turno, queda adornada con cintas de todos colores en las esquinas y provista de leña para los hornos hogareños.
Se van los titiriteros y yo, aunque sé que ninguno de ellos se va a enojar, no me animo a preguntarles quién fue ese tal “Che Guevara” que estampan algunas de sus gorras y remeras.
La próxima semana lo haré…