Manolo Martínez
Poeta fiel al portal
Hoy llegaron nuevamente como lo hacen cada dos o tres meses y se dirigieron a la escuela; en el hall de entrada de la misma hicieron su “campamento”, procediendo a descargar de una de las camionetas sus mochilas, guitarras, djembés y panderetas, como así también sus casillas de madera pintadas, sus bolsas con muñecos y muchas cajas conteniendo ropa usada en buen estado y mercadería no perecedera.
Según los comentarios de los vecinos, por lo que ellos comunicaron, el contenido de las cajas son el producto de colectas solidarias y de ayuda de personas que se encuentran en buena posición económica, lo que será destinado y repartido entre todos los habitantes que se encuentren carentes de recursos en la villa.
Por el momento, los niños no se enteraron de que ellos llegaron, porque de lo contrario, ya estarían saltando de la alegría y abrazando y besando a cada uno de ellos. Es un cariño único el que se les tiene a estos jóvenes pues se hicieron querer tanto por los más pequeños, que cuando llegan no quieren despegarse de ninguno y esperan ansiosamente a que termine la jornada para deleitarse y alegrarse con el espectáculo que ellos les regalan.
Ellos son los que nosotros aquí llamamos con mucho afecto “los titiriteros”. La mayoría vienen en parejas y al llegar a la villa se separan en razón de sus trabajos ya coordinados, pues hay tareas que exclusivamente las realizan “ellas” y otras tantas que las hacen “ellos”, pero al final de la jornada vuelven a unirse para compartir cada una de las experiencias vividas a lo largo del día y para brindar un espectáculo titiritesco para los niños y otro musical para los grandes.
Nadie les paga nada, lo hacen en forma totalmente solidaria; la única retribución que reciben, según por sus propios dichos, es el cariño que toda la gente les tiene en cada uno de los lugares que ellos visitan. En su vida cotidiana, la mayoría de ellos son estudiantes universitarios que decidieron renunciar un poco de su tiempo para regalárselo al prójimo. Lo sienten y lo viven como un verdadero ideal de vida.
Ya casi terminada la jornada, lo que todos esperan: con la presencia y el bullicio de los niños, ellos dejan sus termos y sus mates, entran en la casilla y se da espacio al encantamiento de esas “voces mágicas” que salen de cada uno de esos muñecos fabricados con tela y goma espuma, como así también de unas antiguas, cuidadas y simpáticas marionetas.
Lo niños de la villa son verdaderamente felices y los más grandes por un día se olvidan de sus problemas cotidianos y se entretienen sanamente cantando con ellos zambas, chacareras, huaynos y vidalitas.
Cuando ya se van, guardan todo y se despiden de cada uno de nosotros; a mí, al igual que a otros vecinos, me queda una pequeña sensación de tristeza interior de pensar que pasarán unos meses para volverlos a ver.
Y se van contentos cantando fuerte y a coro, como si la canción que interpretaran fuese un himno para ellos; tal es así, que aún estando relativamente lejos se los puede nítidamente escuchar: “Aprendimos a quererte desde tu histórica altura, cuando el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte...
Según los comentarios de los vecinos, por lo que ellos comunicaron, el contenido de las cajas son el producto de colectas solidarias y de ayuda de personas que se encuentran en buena posición económica, lo que será destinado y repartido entre todos los habitantes que se encuentren carentes de recursos en la villa.
Por el momento, los niños no se enteraron de que ellos llegaron, porque de lo contrario, ya estarían saltando de la alegría y abrazando y besando a cada uno de ellos. Es un cariño único el que se les tiene a estos jóvenes pues se hicieron querer tanto por los más pequeños, que cuando llegan no quieren despegarse de ninguno y esperan ansiosamente a que termine la jornada para deleitarse y alegrarse con el espectáculo que ellos les regalan.
Ellos son los que nosotros aquí llamamos con mucho afecto “los titiriteros”. La mayoría vienen en parejas y al llegar a la villa se separan en razón de sus trabajos ya coordinados, pues hay tareas que exclusivamente las realizan “ellas” y otras tantas que las hacen “ellos”, pero al final de la jornada vuelven a unirse para compartir cada una de las experiencias vividas a lo largo del día y para brindar un espectáculo titiritesco para los niños y otro musical para los grandes.
Nadie les paga nada, lo hacen en forma totalmente solidaria; la única retribución que reciben, según por sus propios dichos, es el cariño que toda la gente les tiene en cada uno de los lugares que ellos visitan. En su vida cotidiana, la mayoría de ellos son estudiantes universitarios que decidieron renunciar un poco de su tiempo para regalárselo al prójimo. Lo sienten y lo viven como un verdadero ideal de vida.
Ya casi terminada la jornada, lo que todos esperan: con la presencia y el bullicio de los niños, ellos dejan sus termos y sus mates, entran en la casilla y se da espacio al encantamiento de esas “voces mágicas” que salen de cada uno de esos muñecos fabricados con tela y goma espuma, como así también de unas antiguas, cuidadas y simpáticas marionetas.
Lo niños de la villa son verdaderamente felices y los más grandes por un día se olvidan de sus problemas cotidianos y se entretienen sanamente cantando con ellos zambas, chacareras, huaynos y vidalitas.
Cuando ya se van, guardan todo y se despiden de cada uno de nosotros; a mí, al igual que a otros vecinos, me queda una pequeña sensación de tristeza interior de pensar que pasarán unos meses para volverlos a ver.
Y se van contentos cantando fuerte y a coro, como si la canción que interpretaran fuese un himno para ellos; tal es así, que aún estando relativamente lejos se los puede nítidamente escuchar: “Aprendimos a quererte desde tu histórica altura, cuando el sol de tu bravura le puso cerco a la muerte...
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