Entre sombras van los pasos
de una vieja conciencia.
Pasos agravados, lentos, como
una marea densa de petróleos
sobre el océano de muerte.
Van así paso a paso
sin doblegar su temple
a la caza de todo, sin importar nada
van y vienen, cansados agitados
Deseosos de nuevos terrenos, de conquistas,
de adioses, de besos en la madrugada,
de una botella de vino y unos ojos
vestidos de café oscuro,
de pelo negro rizado,
de tez como la perla
con los labios tan rosados
y húmedos que acarician y matan a la vez.
Pasos que se pierden entre una sucias sábanas y
cuartos húnedos y fríos, vacíos
de miedo, de soledad de gritos
Desesperados en la anoche.
Las almas gemelas, las conciencias unidas,
los espíritus indecifrables y mordaces,
hambrientos de moral y de pureza,
dispuestos a la verdad y la sentencia.
Pero los pasos siguen, van por lo suyo
arrancándole al mundo toda la carne
y toda la médula de los huesos.
Reclamando ante la faz de la gente,
entre las multitudes sordas y mudas,
ciegas y tontas, falaces y necias,
pidiendo lo que les pertenece, un poco de
placer, de sabor, de tibieza entre los dedos,
de húmedos vientres y tersas pieles.
Agazapados entre los árboles del hombre,
entre los bosques dormidos de la gente,
sobre las estepas ardientes de humanidad
van esos pasos devorando a cada tramo
partículas de felicidad, moléculas de vida,
pequeños y sutiles espacios de pasión, de miedo,
de sentir entre uno y otro momento
la presencia indestructible de la tragedia.
A veces van armados de soledad
otras de destino incierto
pero siempre con los mismos deseos de gloria
de satisfacción de saber qué es vivir para
entender lo que significa morir.
Caballos de mil batallas son los pasos,
perplejos ojos rojos de la noche,
los puntapiés de los olvidados
dirigidos a los desconocidos,
a los extraños, a los diferentes,
a aquellos cuyos pasos también
resuenan como un quejido
en la calzada, entre las botas de los
milicos y los tacos altos
de las prostitutas.
Y los pasos alegres también
buscan su pedazo de pastel,
su porcentaje entre la abundancia
de cosas, de personas, de ideas,
de situaciones bellas o estúpidas,
de saltos de cornisa y ensangrentados pies,
de heridas de bala y puñaladas.
Lo que es mío es tuyo en la calle:
los pasos se agigantan o se vuelven
minúsculos como los de una hormiga enana.
No se detienen por nada y por nadie
van sin prisa pero sin pausa
marcando en su propio terreno
la indefinible idea del porvenir,
la innecesaria forma del pasado
y la eterna certeza del presente.
de una vieja conciencia.
Pasos agravados, lentos, como
una marea densa de petróleos
sobre el océano de muerte.
Van así paso a paso
sin doblegar su temple
a la caza de todo, sin importar nada
van y vienen, cansados agitados
Deseosos de nuevos terrenos, de conquistas,
de adioses, de besos en la madrugada,
de una botella de vino y unos ojos
vestidos de café oscuro,
de pelo negro rizado,
de tez como la perla
con los labios tan rosados
y húmedos que acarician y matan a la vez.
Pasos que se pierden entre una sucias sábanas y
cuartos húnedos y fríos, vacíos
de miedo, de soledad de gritos
Desesperados en la anoche.
Las almas gemelas, las conciencias unidas,
los espíritus indecifrables y mordaces,
hambrientos de moral y de pureza,
dispuestos a la verdad y la sentencia.
Pero los pasos siguen, van por lo suyo
arrancándole al mundo toda la carne
y toda la médula de los huesos.
Reclamando ante la faz de la gente,
entre las multitudes sordas y mudas,
ciegas y tontas, falaces y necias,
pidiendo lo que les pertenece, un poco de
placer, de sabor, de tibieza entre los dedos,
de húmedos vientres y tersas pieles.
Agazapados entre los árboles del hombre,
entre los bosques dormidos de la gente,
sobre las estepas ardientes de humanidad
van esos pasos devorando a cada tramo
partículas de felicidad, moléculas de vida,
pequeños y sutiles espacios de pasión, de miedo,
de sentir entre uno y otro momento
la presencia indestructible de la tragedia.
A veces van armados de soledad
otras de destino incierto
pero siempre con los mismos deseos de gloria
de satisfacción de saber qué es vivir para
entender lo que significa morir.
Caballos de mil batallas son los pasos,
perplejos ojos rojos de la noche,
los puntapiés de los olvidados
dirigidos a los desconocidos,
a los extraños, a los diferentes,
a aquellos cuyos pasos también
resuenan como un quejido
en la calzada, entre las botas de los
milicos y los tacos altos
de las prostitutas.
Y los pasos alegres también
buscan su pedazo de pastel,
su porcentaje entre la abundancia
de cosas, de personas, de ideas,
de situaciones bellas o estúpidas,
de saltos de cornisa y ensangrentados pies,
de heridas de bala y puñaladas.
Lo que es mío es tuyo en la calle:
los pasos se agigantan o se vuelven
minúsculos como los de una hormiga enana.
No se detienen por nada y por nadie
van sin prisa pero sin pausa
marcando en su propio terreno
la indefinible idea del porvenir,
la innecesaria forma del pasado
y la eterna certeza del presente.