LOS MISTERIOS DE LA NOCHE
En la noche florece una extraña cicatriz
en la fachada que parece ser una raíz que huye
Canta con espectral ronquido
aquellas viejas melodías que ahora duermen
como pecios desarbolados en los sótanos húmedos.
Ese mundo fascinado de la calle en la solemnidad de la noche
cuando apenas titilan los reflejos en ojos que se entrecierran
el exotismo de los ecos que nacen de puñales que se entreveran
como gumias que han cumplido su tarea
como fatídicas pestañas que cierran los ojos de una virgen.
Tranquilo discurre el caudal que escapa de la cloaca inmunda
tranquilo el beodo dormita con su alma colgada de una farola apagada
como estatua el perro medita en su imagen de adorador de la luna
mientras que inquietos geranios se ocupan de preparar
su floración para la madrugada que ya amenaza.
Esa calle de arrabal tiene la mayor densidad de espíritus por ventana
Las viejas prostitutas aleccionan a sus núbiles discípulas
y la tradición se enrosca sobre sí misma cambiando tan solo de sombrero
Sigo sin descifrar el idioma de los gatos que orinan sobre los árboles
con algoritmos que revelarían el sentido de la vida.
Durante mis días de insomnio paseo por las calles zigzagueantes
o enrolladas como telas de paraguas en insólitos acertijos.
Por esas calles caniculares en las que la noche es fábrica de perfumes
y las operarias despechadas por la frialdad de sus jefes
sueñan con nuevas revoluciones en las que triunfen sus cuerpos.
Otras cicatrices aparecen en las fachadas en celo
Las ventanas son apeaderos de sus fugaces recorridos
y la sombra de los paraguas que vuelan como murciélagos
interpreta en éxtasis “El vals de las olas”, de Juventino Rosas
Son los misterios de la noche reflejados en los escaparates sin luz.
En la noche florece una extraña cicatriz
en la fachada que parece ser una raíz que huye
Canta con espectral ronquido
aquellas viejas melodías que ahora duermen
como pecios desarbolados en los sótanos húmedos.
Ese mundo fascinado de la calle en la solemnidad de la noche
cuando apenas titilan los reflejos en ojos que se entrecierran
el exotismo de los ecos que nacen de puñales que se entreveran
como gumias que han cumplido su tarea
como fatídicas pestañas que cierran los ojos de una virgen.
Tranquilo discurre el caudal que escapa de la cloaca inmunda
tranquilo el beodo dormita con su alma colgada de una farola apagada
como estatua el perro medita en su imagen de adorador de la luna
mientras que inquietos geranios se ocupan de preparar
su floración para la madrugada que ya amenaza.
Esa calle de arrabal tiene la mayor densidad de espíritus por ventana
Las viejas prostitutas aleccionan a sus núbiles discípulas
y la tradición se enrosca sobre sí misma cambiando tan solo de sombrero
Sigo sin descifrar el idioma de los gatos que orinan sobre los árboles
con algoritmos que revelarían el sentido de la vida.
Durante mis días de insomnio paseo por las calles zigzagueantes
o enrolladas como telas de paraguas en insólitos acertijos.
Por esas calles caniculares en las que la noche es fábrica de perfumes
y las operarias despechadas por la frialdad de sus jefes
sueñan con nuevas revoluciones en las que triunfen sus cuerpos.
Otras cicatrices aparecen en las fachadas en celo
Las ventanas son apeaderos de sus fugaces recorridos
y la sombra de los paraguas que vuelan como murciélagos
interpreta en éxtasis “El vals de las olas”, de Juventino Rosas
Son los misterios de la noche reflejados en los escaparates sin luz.