Manolo Martínez
Poeta fiel al portal
Las calles polvorientas de la villa se están partiendo de tanta aridez debido a la sequía y no hay hasta el momento vestigios de que llueva. No sé qué es preferible: si las calles barrosas y empantanadas cuando diluvia o esta sequía que viene acompañada de temperaturas extremas agobiantes.
Debido a esta ola de calor, una de las familias residentes, los Fernández, ha decidido hacerle frente a esta situación y buscar en el río Vaqueros un poco de alivio y frescura que mitigue el asfixiante ambiente que los perturba tanto. Tienen noticias de que llueve en la pre cordillera y que del río baja agua todavía.
Para ello, don Fernández padre, “el jefe mayor” como le dice cariñosamente su esposa, ha reunido a todos sus hijos con sus respectivas familias; en total, entre hijos, nueras, yernos y nietos son veinticuatro personas (creo haberlos contado bien), los cuales días previos a este domingo, a medida que se fueron anoticiando se fueron preparando.
Cómo hacer entonces para ir todos juntos al río en un día tan caluroso, muy fácil: en un camión Chevrolet, modelo 72, de propiedad del jefe mayor, que al igual que su dueño, se encuentra en la actualidad de descanso, ya que don Pedro Fernández goza de los beneficios jubilatorios tras haber trabajado con su camión durante más de treinta años para una empresa de boratos al pié de la Cordillera.
Lo curioso de todo en este evento, es que a los Fernández se le suman otros vecinos de la cuadra, todos a invitación del generoso camionero, sabedor de que no poseen otro medio de transporte que no sea el suyo.
Llegado el momento de partir, subieron todos a la parte trasera, a una caja grande y larga la cual se encuentra recubierta de maderas, de unos dos metros de altura, dos metros de ancho y cinco de largo, ubicando en la base de la misma varias banquetas para que se sienten los que tienen suerte de hacerlo. Se acomodaron todos como pudieron y de forma increíble cupieron todos.
Y así se fueron al río, los Fernández y los invitados de los Fernández. Se los vio partir cargados de sillas y mesas plegables, toallas, sombrillas, muñecos inflables de todos colores, conservadoras de alimentos y bebidas, cañas de pescar y todo lo que uno se pueda imaginar, además de una alegría inconmensurable en sus rostros .
Ya de vuelta, al atardecer, llegaron todos cansados, con un “bronceado” único; algunos corrieron a buscar rápidamente alguna que otra hoja de aloe vera para frotarse en la piel; los otros, los menos quemados, descargaron la caja del camión y repartieron las pertenencias; luego se despidieron y se dirigieron cada uno a sus casas.
Esto que les acabo de contar y muchas otras cosas más, hacen que yo quiera cada día más a mi villa: la sencillez de su gente, la solidaridad entre ellos, la picardía para vencer ciertos tipos de dificultades y las ganas de vivir siempre felices aun en tiempos difíciles...
Debido a esta ola de calor, una de las familias residentes, los Fernández, ha decidido hacerle frente a esta situación y buscar en el río Vaqueros un poco de alivio y frescura que mitigue el asfixiante ambiente que los perturba tanto. Tienen noticias de que llueve en la pre cordillera y que del río baja agua todavía.
Para ello, don Fernández padre, “el jefe mayor” como le dice cariñosamente su esposa, ha reunido a todos sus hijos con sus respectivas familias; en total, entre hijos, nueras, yernos y nietos son veinticuatro personas (creo haberlos contado bien), los cuales días previos a este domingo, a medida que se fueron anoticiando se fueron preparando.
Cómo hacer entonces para ir todos juntos al río en un día tan caluroso, muy fácil: en un camión Chevrolet, modelo 72, de propiedad del jefe mayor, que al igual que su dueño, se encuentra en la actualidad de descanso, ya que don Pedro Fernández goza de los beneficios jubilatorios tras haber trabajado con su camión durante más de treinta años para una empresa de boratos al pié de la Cordillera.
Lo curioso de todo en este evento, es que a los Fernández se le suman otros vecinos de la cuadra, todos a invitación del generoso camionero, sabedor de que no poseen otro medio de transporte que no sea el suyo.
Llegado el momento de partir, subieron todos a la parte trasera, a una caja grande y larga la cual se encuentra recubierta de maderas, de unos dos metros de altura, dos metros de ancho y cinco de largo, ubicando en la base de la misma varias banquetas para que se sienten los que tienen suerte de hacerlo. Se acomodaron todos como pudieron y de forma increíble cupieron todos.
Y así se fueron al río, los Fernández y los invitados de los Fernández. Se los vio partir cargados de sillas y mesas plegables, toallas, sombrillas, muñecos inflables de todos colores, conservadoras de alimentos y bebidas, cañas de pescar y todo lo que uno se pueda imaginar, además de una alegría inconmensurable en sus rostros .
Ya de vuelta, al atardecer, llegaron todos cansados, con un “bronceado” único; algunos corrieron a buscar rápidamente alguna que otra hoja de aloe vera para frotarse en la piel; los otros, los menos quemados, descargaron la caja del camión y repartieron las pertenencias; luego se despidieron y se dirigieron cada uno a sus casas.
Esto que les acabo de contar y muchas otras cosas más, hacen que yo quiera cada día más a mi villa: la sencillez de su gente, la solidaridad entre ellos, la picardía para vencer ciertos tipos de dificultades y las ganas de vivir siempre felices aun en tiempos difíciles...
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