Herbert Luna
Poeta asiduo al portal
Te supuse abrochada a New York.
Aquel joven poeta
Oliscar de tus huellas,
Procuraba los sesos del Altísimo,
En tus trajes diseños de tierra;
Y entre álbumes de arqueólogos,
Tus ojos.
Se olvidó, Babilonia, que lo habitabas.
Que eras él mismo
Bálano,
Metrópoli de luces apagadas,
Cuasimontaña de asfaltos lujuriosos,
Ezida,
La otra calle de los hijos perdonados,
Tus recuerdos de niñeces tan breas,
Él propio nebo,
Él riñón de la vía de las procesiones.
¡Olvidé que me habitabas!
Y siendo en mí ciudad agónica,
Dentadura de amurallar raído,
Sin lecho en donde reclinar mi cabeza,
A ratos vacío,
A ratos ocioso
Y en nada entendido de cordeles y plomadas,
Me abro,
Me delineo,
Me despacio el rostro de argamasa
Y los rasgos de zigurat,
Y los corazones de carruzos embadurnados de esmalte.
Con mis facciones de ladrillo embetunado,
Te seduzco, te enhebro las perfidias. Yo el lucero.
Moldeando esta carne sin un torno de alcalleres,
Ya destilo aflujos de expirada.
Más y más estrellas resbalo
Limpio por dentro las galaxias.
Troquelo todo tipo de huesos.
Y al final, te entregas a mis llamas de cadenas,
A esas llamas que te vencen con sus nombres de blasfemias.
Ven, pues, pariente mío.
Ven y sube por el empinado de menor sonrojo.
A través de mis escalinatas apetentes de ninguna luz,
Cabeza negra, ven. Trae contigo
Tus muecas tantísimas de antiguo zigurat,
Las que aún reflectan inmutables
Los espejos de Babel.
Sube, pues, del sueño hacia soñares más nublados
¡Y que el cielo nos confunda!
Aquel joven poeta
Oliscar de tus huellas,
Procuraba los sesos del Altísimo,
En tus trajes diseños de tierra;
Y entre álbumes de arqueólogos,
Tus ojos.
Se olvidó, Babilonia, que lo habitabas.
Que eras él mismo
Bálano,
Metrópoli de luces apagadas,
Cuasimontaña de asfaltos lujuriosos,
Ezida,
La otra calle de los hijos perdonados,
Tus recuerdos de niñeces tan breas,
Él propio nebo,
Él riñón de la vía de las procesiones.
¡Olvidé que me habitabas!
Y siendo en mí ciudad agónica,
Dentadura de amurallar raído,
Sin lecho en donde reclinar mi cabeza,
A ratos vacío,
A ratos ocioso
Y en nada entendido de cordeles y plomadas,
Me abro,
Me delineo,
Me despacio el rostro de argamasa
Y los rasgos de zigurat,
Y los corazones de carruzos embadurnados de esmalte.
Con mis facciones de ladrillo embetunado,
Te seduzco, te enhebro las perfidias. Yo el lucero.
Moldeando esta carne sin un torno de alcalleres,
Ya destilo aflujos de expirada.
Más y más estrellas resbalo
Limpio por dentro las galaxias.
Troquelo todo tipo de huesos.
Y al final, te entregas a mis llamas de cadenas,
A esas llamas que te vencen con sus nombres de blasfemias.
Ven, pues, pariente mío.
Ven y sube por el empinado de menor sonrojo.
A través de mis escalinatas apetentes de ninguna luz,
Cabeza negra, ven. Trae contigo
Tus muecas tantísimas de antiguo zigurat,
Las que aún reflectan inmutables
Los espejos de Babel.
Sube, pues, del sueño hacia soñares más nublados
¡Y que el cielo nos confunda!