Orfelunio
Poeta veterano en el portal

LOS ACEITES MORALES
Eres un oscuro grano,
purulencia sobre mi rostro
que se expande como un cáncer.
No traspases mí línea, sal de mi avenida,
y que no te encuentre en la calle,
porque tu vida podrida
está de más en mis valles;
los tuyos son referencia
de basureros, de pestes tales,
que tu existencia es sombrero
y tu mala sombra inestable.
La princesa llama,
da un paso mortal
con su vestido de hojas.
¡Ven!, si te atreves.
Yo de un salto
llego a su rincón,
ella desaparece;
es la princesa calor
que reina sobre el frío
del reino mineral.
La quise tanto,
tanto la amé,
que no pudiera
volverla a querer.
¿Por qué lloras?,
me pregunta con cara de desagrado.
Lloran mis ojos de desconsuelo.
Hay un cruce de manos.
Me marcharé a casa
con un presente.
Fui a abrir la puerta
y mi madre bajaba la escalera,
de visita donde siempre.
Abrimos y entró en la cocina.
Antes de ir tras ella
me paré en la puerta del baño,
que antes era habitación,
y aquel primero estaba a la entrada
en la esquina derecha.
Noté al instante una sensación
de poder terrible;
el pasillo estaba a oscuras,
me retiré hasta la pared junto a la puerta,
y a mis pies resoplaba
la fuerza de un inmenso río.
Salió mi madre al momento.
¡Siéntate!, dijo asustada.
Yo así lo hice,
y el vendaval tras de mí
se acomodó sobre mis piernas,
como observando la presa.
Mi madre desapareció de la escena.
Tuve un miedo insoportable,
era al caso enorme,
y pensé por un momento
en sus cauces sobre mi cuello,
que resoplaba dejando
su cálido aliento.
Moriré sin remedio,
quizá es el quiero
de alguno de mis reclamos
que utiliza la casa secundaria.
¡Madre!, cómo se llama.
-Apareció mi madre con una copa-
Fagobodo.
Se la bebió sin acercarse.
El visceral miró el juguete,
pero en ningún momento
dejó el lugar que ocupaba.
Me estaba asfixiando.
Una mano puesta sobre el hocico;
notaba la suavidad y la tersura
de una piel aterciopelada;
era como palpar un enorme rostro
con sus zonas duras, finas y blandas…
Pensé que había llegado mi fin.
Hubiera querido tener la espera
al alcance de la mano, mostrársela
y lanzarla; una última oportunidad
para levantarme y abrir la puerta
que me librara de la duda mortal.
Por fin apareció mi madre
con la intención de recoger las sobras;
y ahí terminó el sueño; quizá otro día,
mi madre, o yo, ya no estemos aquí,
y Fagobodo sea más grande que el mundo.
La quise tanto,
tanto la amé,
que no pudiera
volverla a querer.
La maga princesa
convertida en un hueso,
da saltos mortales,
con que intima a los presos;
y si al reino animal
enseña las carnes,
de los árboles viste,
aunque no tenga partes,
ni alma, ni sexo.
Salgo a la calle pidiendo socorro,
el pueblo duerme los gritos sordos.
Un hombre azul que pide luz
al hombre verde del callejón;
y el hondo gris escucha y silba
cantando un blus de cicerón.
¿Qué hay amigo?
¿Te llevo al centro?
Tengo quinientos,
vente conmigo,
no estés sediento.
Allí hay putas y alcohol,
y una iglesia para el perdón.
Escucho el fondo que me habla seco,
mis labios quieren dulzores que no prometo.
Decido irme donde el racimo,
el artificio no queda lejos;
los pasos sigo de huella y polvo
sin rastro y piedra del edificio;
y un hombre rojo me dice ¡Stop!,
el coche bomba hasta aquí llegó.
¡Vida!, ¿dónde estás?,
que ya no estás y eres querida.
Las tortugas no comen,
en los veranos se sacian,
y los inviernos los pasan
bajo su concha de gracia.
Quizá haya un tiempo,
de los tiempos de antes;
donde pasados distintos
tienen futuros iguales;
porque distintos futuros
son ya pasados mortales.
“Que madre sólo hay una
y a ti te encontré en la calle”,
porque madres de fortuna,
y de padres ni se sabe.
Así, en mi presente,
vivo la vida furtivo,
engañando a mis males,
porque sé que de olivos,
son los aceites morales.
Última edición: