El carnero mastica cemento
y escupe dientes de humo,
los cubiertos se arrastran solos
en un banquete sin comensales.
La farola sangra amapolas,
el viento arrulla barrotes invisibles,
y las sombras, como barlovento,
se reparten la desidia en monedas oxidadas.
El látigo nos lame la espalda
con aceite de nuestros propios pasos,
y reímos,
sí, reímos,
mientras la destrucción
se viste con nuestra ropa interior.
La muerte no mira,
sólo tiende su guante sin dedos,
un vacío con forma de saludo,
y el crucificado bosteza
en el matadero de los espejos.
Escaleras infinitas suben
hacia un techo que no existe,
cada peldaño cruje
como una oración sin Dios.
Los tenores, desbocados,
rompen la noche en cristales:
sus gargantas son lobos,
sus lenguas son incendios,
y entre las brasas
el infierno se disuelve en canto,
como si al fin aceptara
ser sólo un sueño mal recordado.
19/08/2025
©Dikia
y escupe dientes de humo,
los cubiertos se arrastran solos
en un banquete sin comensales.
La farola sangra amapolas,
el viento arrulla barrotes invisibles,
y las sombras, como barlovento,
se reparten la desidia en monedas oxidadas.
El látigo nos lame la espalda
con aceite de nuestros propios pasos,
y reímos,
sí, reímos,
mientras la destrucción
se viste con nuestra ropa interior.
La muerte no mira,
sólo tiende su guante sin dedos,
un vacío con forma de saludo,
y el crucificado bosteza
en el matadero de los espejos.
Escaleras infinitas suben
hacia un techo que no existe,
cada peldaño cruje
como una oración sin Dios.
Los tenores, desbocados,
rompen la noche en cristales:
sus gargantas son lobos,
sus lenguas son incendios,
y entre las brasas
el infierno se disuelve en canto,
como si al fin aceptara
ser sólo un sueño mal recordado.
19/08/2025
©Dikia