Enrique Romero
Poeta recién llegado
Caminó solitario en las blancas calles de sal
tras un viento asolador de los nidos,
viento resentido de los amores destruidos.
Resquebrajó el cielo, y ante su desdén
cimbraron violentos los vastos sotos
horrorizados por el odio de su corazón roto.
Retomó la locura y volvió a su viejo nicho
de impávidas vesanias guiadas por el delirio,
cerró los ojos cansados, aliviándose en su martirio.
Más estrellas fortalecieron su nostalgia;
noche que nace y muere con sueños vejados,
y, tan sólo, su pálido recuerdo se quedó a su lado.
Supo muriendo que aquel no era el destino,
volvió a su locura, y del dolor, esperanza apagada
coronó su desventura un alba sagrada.
tras un viento asolador de los nidos,
viento resentido de los amores destruidos.
Resquebrajó el cielo, y ante su desdén
cimbraron violentos los vastos sotos
horrorizados por el odio de su corazón roto.
Retomó la locura y volvió a su viejo nicho
de impávidas vesanias guiadas por el delirio,
cerró los ojos cansados, aliviándose en su martirio.
Más estrellas fortalecieron su nostalgia;
noche que nace y muere con sueños vejados,
y, tan sólo, su pálido recuerdo se quedó a su lado.
Supo muriendo que aquel no era el destino,
volvió a su locura, y del dolor, esperanza apagada
coronó su desventura un alba sagrada.