Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
El aula del segundo piso acogía al grupo C de quinto curso. Éramos muchachos de catorce y quince años que empezábamos las clases en aquel octubre que todavía pintaba de sol las mañanas. Estrenábamos libros y teníamos nuevos profesores, que siempre eran una incógnita para todos nosotros. Hoy tendríamos clase de Literatura a primera hora; en principio era una asignatura que, a mí particularmente, no me decía gran cosa. A las nueve en punto entró el profesor. Era un agustino alto, moreno y delgado de rostro serio y mirada penetrante. Esta era la primera ocasión en que nos daría clase y resultaba una incógnita. Caminó decidido hasta el estrado, subió y en el encerado escribió un nombre: Gerardo Diego.
Se volvió hacia nosotros y, por todo saludo, nos dijo:
“Voy a romper la pluma.
Ya no la necesito.
Lo que mi alma siente,
yo no lo sé decir”
Y continuó:
“Son palabras del poeta cuyo nombre he escrito en el encerado. Comenzaremos con la poesía, pues es la forma en que determinados sentimientos que no pueden ser expresados de otro modo, se pueden dar a conocer”
Y habló largo y tendido del sentir y del sentimiento, de las letras y las palabras, de la poesía y los poetas.
Se me abrió un mundo nuevo, un universo desconocido donde cabían infinidad de posibilidades. Un mundo que se construía a medida que se escribía, que rompía las fronteras de lo cotidiano para expandirse por todos los horizontes. Era una magia potente y maravillosa que endulzaba el momento, que levantaba montañas y ponía en pie lo que parecía destruido. Un hechizo que se leía, que se te metía dentro, llegando hasta el corazón, atravesando el alma con la lanza de un verso, abriendo un hueco en el firmamento por el que discurrir una vida.
Terminó la clase y nos propuso un pequeño trabajo, encontrar algo parecido o que tuviese un sentido similar a los versos con los que había comenzado la clase; nos daba una semana de tiempo y luego los alumnos lo expondríamos en el aula.
Se me pasaron las tardes rebuscando en la biblioteca del colegio, entre los libros de mi padre hasta que, más por suerte que por otra cosa, tropecé con unas estrofas que me parecieron apropiadas.
Mentiría si dijese que no estuve preocupado aquellos días, hasta que se cumplió el plazo que nos había fijado el profesor. Aquel día al iniciar la clase, el profesor preguntó:
“¿Alguien ha encontrado algo que nos pueda servir para comparar con el poema de la semana pasada?”
Hubo un silencio sepulcral en el aula. Nadie decía nada y las miradas de la mayoría se escondían en el pupitre. Entonces levanté la mano:
“Yo creo que tengo algo que puede servir”
Me miró el profesor, me invitó a subir al estrado y me dijo:
“Exponga su hallazgo”
Estaba nervioso y me temblaba el papel en la mano. Carraspeé para aclararme la voz y comencé:
“Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
cuando desde el abismo de su idioma quisiera
gritar lo que no puede por imposible y calla”
Me miró inquisitivamente y continué:
“Es de Rafael Alberti y creo que expresa ese sentir de que, en ocasiones, la razón no es capaz de expresar aquello que siente el corazón”
Sonrió, me felicitó y me envió a mi sitio. Se entretuvo explicando los versos que yo había leído, las concordancias que había con los versos que él había mencionado y las diferencias marcadas por el momento y la ocasión en que cada uno los había escrito.
Cuando terminó la clase, me llamó a un aparte y me entregó un poemario de Pedro Salinas.
“Es un regalo”
Dijo.
Y me abrió la puerta definitiva que nunca más se ha cerrado.
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