Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Lo que fuimos se jodió.
Así, sin más.
Como se joden las cosas que uno cree eternas:
una carcajada,
una promesa,
una mujer.
Tú te fuiste primero, aunque te quedaras.
Yo me quedé, aunque ya no era yo.
Dormíamos espalda con espalda,
como dos enemigos que se cansaron de dispararse.
Ni balas quedaban.
Ni besos.
Ni ganas.
Nos matamos sin ruido,
con esa elegancia que tiene el desamor cuando se disfraza de rutina.
Y aún así te pienso, carajo.
Te pienso mientras me sirvo otro trago,
mientras la cama me queda grande,
mientras otra piel intenta borrar la tuya
y sólo deja cicatrices nuevas.
Lo que fuimos,
se pudre en algún rincón del alma
donde uno no limpia porque duele más
recordar que hubo algo vivo ahí.
Y sin embargo,
si me preguntan por ti,
me hago el pendejo.
Digo: “nada, fue hace tiempo”.
Pero por dentro...
por dentro todavía ardes,
hija de puta.
No por lo que hiciste.
Sino por lo que fuimos.
Porque aunque ahora no valga ni un centavo,
alguna vez fuimos todo.
Y eso...
eso no se olvida,
ni con cien poemas,
ni con cien mujeres,
ni con cien años.
Así, sin más.
Como se joden las cosas que uno cree eternas:
una carcajada,
una promesa,
una mujer.
Tú te fuiste primero, aunque te quedaras.
Yo me quedé, aunque ya no era yo.
Dormíamos espalda con espalda,
como dos enemigos que se cansaron de dispararse.
Ni balas quedaban.
Ni besos.
Ni ganas.
Nos matamos sin ruido,
con esa elegancia que tiene el desamor cuando se disfraza de rutina.
Y aún así te pienso, carajo.
Te pienso mientras me sirvo otro trago,
mientras la cama me queda grande,
mientras otra piel intenta borrar la tuya
y sólo deja cicatrices nuevas.
Lo que fuimos,
se pudre en algún rincón del alma
donde uno no limpia porque duele más
recordar que hubo algo vivo ahí.
Y sin embargo,
si me preguntan por ti,
me hago el pendejo.
Digo: “nada, fue hace tiempo”.
Pero por dentro...
por dentro todavía ardes,
hija de puta.
No por lo que hiciste.
Sino por lo que fuimos.
Porque aunque ahora no valga ni un centavo,
alguna vez fuimos todo.
Y eso...
eso no se olvida,
ni con cien poemas,
ni con cien mujeres,
ni con cien años.