LLUVIA
Mansa cae la lluvia bienhechora
que fertiliza campos y hortalizas,
sus dones los reciben, aguadora,
de nubes, por el viento, antojadizas.
En el cielo se atisba, despejado,
a lo lejos, grisáceo y blanquecino,
para mi corazón enamorado
un baile que me moja y que imagino.
Y espero al arcoíris impaciente
para mis amapolas encriptadas
y en este bullir loco y floreciente
que beban de mis gotas salpicadas.
La lluvia, que despierta mis anhelos,
me lleva de tus labios a los cielos.
Isabel Camacho (Lomafresquita)
Este poema tuyo en forma de soneto isabelino tiene matices mucho más que evidentes intertextuales con otra “Lluvia”, esta última de Federico García Lorca que no me quedaré con las ganas de recitar junto al sonido de la lluvia, aquí tan abundante. Entre tanto creo que tu soneto no debe estar muy lejos de ese poema de Lorca por lo que lo voy a trancribir aquí. El de Federico hecho en versos alejandrinos no sé cómo quedará por lo largo de loos versos en este comentario. Lo intentaré de todos modos. Ahí va…
LLUVIA (Libro de Poemas, 1921)
Enero de 1919 (Granada)
La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.
Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.
Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.
La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.
El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.
Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.
Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.
¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!
¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.
El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.
Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.
¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!