prisionero inocente
Poeta que considera el portal su segunda casa
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[TD="colspan: 2"]Jugaba con los pies de mi abuela en la noche
mientras su memoria regaba los jardines de albahaca.
Y el viento que emulaba el gruñido de criaturas acuáticas,
el himno contaminado de los océanos en la lejanía batiendo sus proas de vidrio.
Y la muerte que tardaba en llegar eran líquenes de bruma pegados al cigoñal lustrado por vándalos.
Los palpaba a ciegas y las corneas de la mentira yacían en el yo de la extraña tumba de mi infancia.
Juntos escuchábamos como caían los carámbanos vibrantes,
los brotes de agujeros negros que tragaban al silencio.
La muerte tardaba pero sus pies ya estaban del otro lado convertidos en libélulas negras.
Ella sonreía plácidamente al sentir pequeñas arañas bajando hasta sus cejas desteñidas
como grietas perfectas y sus latidos de cal.
Las trenzas de su pelo caídas al suelo se alejaban.
Las preguntas para mí mismo fueron un arte de olvido.
Mis dibujos en el aire tenian el color de la leña, demasiado parecidos a la venganza.
Las respuestas cubiertas por los gemidos de una res abortando en la nieve.
A veces, durante la noche, mi abuela vuelve del pozo crispada y arroja en el fuego un pez negro
y yo lloro por ese calor inesperado que decolora el insomnio hasta aproximarlo a un salto al vacío.
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mientras su memoria regaba los jardines de albahaca.
Y el viento que emulaba el gruñido de criaturas acuáticas,
el himno contaminado de los océanos en la lejanía batiendo sus proas de vidrio.
Y la muerte que tardaba en llegar eran líquenes de bruma pegados al cigoñal lustrado por vándalos.
Los palpaba a ciegas y las corneas de la mentira yacían en el yo de la extraña tumba de mi infancia.
Juntos escuchábamos como caían los carámbanos vibrantes,
los brotes de agujeros negros que tragaban al silencio.
La muerte tardaba pero sus pies ya estaban del otro lado convertidos en libélulas negras.
Ella sonreía plácidamente al sentir pequeñas arañas bajando hasta sus cejas desteñidas
como grietas perfectas y sus latidos de cal.
Las trenzas de su pelo caídas al suelo se alejaban.
Las preguntas para mí mismo fueron un arte de olvido.
Mis dibujos en el aire tenian el color de la leña, demasiado parecidos a la venganza.
Las respuestas cubiertas por los gemidos de una res abortando en la nieve.
A veces, durante la noche, mi abuela vuelve del pozo crispada y arroja en el fuego un pez negro
y yo lloro por ese calor inesperado que decolora el insomnio hasta aproximarlo a un salto al vacío.
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