D. A. Vasquez Rivero.
Poeta recién llegado
"LENTA SEMILLA ESCONDIDA"
Por D. A. Vasquez Rivero.
Un hijo no es un decir
y hacer, así, de repente.
Que el mismo destino se encargue.
A ciegas, ser inconsciente.
¿Para cuándo el de ustedes dos?
¿Para cuándo el segundo viene?
Le hace falta un buen hermanito.
Es que el cuerpo, hija, no espera.
Se te pasa el cuarto de hora.
¿Quién te va a cuidar ya de vieja?
No sabía que este planeta
precisaba veinte billones
de cuidadores de asilo.
Un hijo se planta en la frente,
madura luz en el pecho,
florece luego en el vientre.
Un hijo no es una noche
de antorcha que cae al agua
venal del placer y apaga
su fuego con un "nos vemos".
Un hijo es medio segundo
de cataclismo en la pelvis,
de ensoñación maridada
al plan de dos para un otro.
Un hijo se disfruta antes
de la concepción. En el goce
de los nuevos padres. Al verlos
mirar a sus niños eternos;
que mueven así las manos,
prueban el aire con la lengua,
pedalean nubes del cielo,
se ríen sobre el alféizar,
gatean dadás en corrales,
babean sus mamaderas.
Chupetes, pañales, toallas:
en todo dejan sus huellas.
Que seas progenitor
no implica que seas padre.
Padre es palabra altiva
que cifra un "quiero cuidarlo".
Que seas progenitora
no implica que seas madre.
Madre es palabra alada
que suena a amor madrugado.
Un hijo es cara de espanto
frente al espejo y ojeras
regadas con sobresaltos,
la fiebre que desespera.
Tomar de manos que estrujan:
¡Cuidado al cruzar la calle!
¿Querés llevarte un bucito?
No vuelvas, amor, tan tarde.
¡En la orilla, donde te vea!
Mirá que está hondo el río.
¿Hiciste ayer las tareas?
Ayudame un poquito, mijo.
Que te vaya bien en la escuela.
Un futuro darse a las fiestas.
Soportar edades de pavo.
Aprender a decir "te quiero"
con la lágrima entre los labios,
cuando el ángel abra sus alas
hacia el propio salir volando,
la tarea no se termina,
ahora queda acompañarlo.
Un hijo no es un decir
y hacer, así de repente.
Un hijo se planta en la frente,
baja, madura en el pecho,
y, lenta semilla escondida,
germina alegre en el vientre.
Por D. A. Vasquez Rivero.
Un hijo no es un decir
y hacer, así, de repente.
Que el mismo destino se encargue.
A ciegas, ser inconsciente.
¿Para cuándo el de ustedes dos?
¿Para cuándo el segundo viene?
Le hace falta un buen hermanito.
Es que el cuerpo, hija, no espera.
Se te pasa el cuarto de hora.
¿Quién te va a cuidar ya de vieja?
No sabía que este planeta
precisaba veinte billones
de cuidadores de asilo.
Un hijo se planta en la frente,
madura luz en el pecho,
florece luego en el vientre.
Un hijo no es una noche
de antorcha que cae al agua
venal del placer y apaga
su fuego con un "nos vemos".
Un hijo es medio segundo
de cataclismo en la pelvis,
de ensoñación maridada
al plan de dos para un otro.
Un hijo se disfruta antes
de la concepción. En el goce
de los nuevos padres. Al verlos
mirar a sus niños eternos;
que mueven así las manos,
prueban el aire con la lengua,
pedalean nubes del cielo,
se ríen sobre el alféizar,
gatean dadás en corrales,
babean sus mamaderas.
Chupetes, pañales, toallas:
en todo dejan sus huellas.
Que seas progenitor
no implica que seas padre.
Padre es palabra altiva
que cifra un "quiero cuidarlo".
Que seas progenitora
no implica que seas madre.
Madre es palabra alada
que suena a amor madrugado.
Un hijo es cara de espanto
frente al espejo y ojeras
regadas con sobresaltos,
la fiebre que desespera.
Tomar de manos que estrujan:
¡Cuidado al cruzar la calle!
¿Querés llevarte un bucito?
No vuelvas, amor, tan tarde.
¡En la orilla, donde te vea!
Mirá que está hondo el río.
¿Hiciste ayer las tareas?
Ayudame un poquito, mijo.
Que te vaya bien en la escuela.
Un futuro darse a las fiestas.
Soportar edades de pavo.
Aprender a decir "te quiero"
con la lágrima entre los labios,
cuando el ángel abra sus alas
hacia el propio salir volando,
la tarea no se termina,
ahora queda acompañarlo.
Un hijo no es un decir
y hacer, así de repente.
Un hijo se planta en la frente,
baja, madura en el pecho,
y, lenta semilla escondida,
germina alegre en el vientre.