Eduardo Morguenstern
Poeta que considera el portal su segunda casa
LAS VERDADES DEL VIENTO
Eduardo Morguenstern.
(El abundante estímulo adormece la atención, torrente hipnotizante, como dijo el de Stratford-on-Avon: “La más dulce miel, por su propia dulzura se hace empalagosa y embota al paladar…” ¡Al contrario! Lo escaso es lo más buscado, su precio es inmenso, despierta avidez…)
¿Cuántas toneladas de piedra pica el minero para hallar mezquinos gramos de diamante?
¿Cuántos miles de litros de agua, durante cuántos días filtra en su criba el buscador de oro para lograr pobres números de pepitas del tamaño de semillas de alpiste o maíz?
¿Cuántos miles de palabras hay en los Libros Sagrados para hablar de sus Dioses?
¿Qué litros de lágrimas se gastan hasta aprender que la paz del alma es hija de la renuncia y la aceptación?
¿Cuántos días, meses y años de oraciones y penitencias ante una imagen, o a esa idea borrosa que te haces de tu dios serán gastadas antes de descubrir que tú mismo eres un dios amnésico y dormido que tarda en despertar o recordar?
¿Cuántas miles de palabras grabadas en libros de los místicos de la Historia habrán devorado a tus cansados ojos, hasta que cansada tu vista, estando sentado a la sombra del árbol, dejes al fin esa enésima página y solo escuches en el viento que mece las hojas, a La Verdad susurrarte al oído sus Misterios?
Sibilantes, muy suaves los vientos, simulando voces y cantos celestes, invisibles dedos pulsando las cuerdas de ramas y hojas, arbóreas liras, dicen sin más, sencillamente, fugaces intuiciones, mensajes de lo Eterno.
Vienen y van, jugando entre las hojas, silfos en quedas musitaciones desde el insondable arcano… sobre el manto virgen tejido de soledad y silencio…
El Ánima Mundi entona certero el Seráfico Canto, Su Verbo, al oído despierto…
Las místicas rosas de áureas verdades que rasgando los velos de las falsas certezas se muestran desnudas acaso un momento… nadando graciosas cual ninfas distraídas del azulino éter…
Deja las lecturas, aleja las palabras, desecha los conceptos, mi apurado amigo, y tantos pensamientos. Siéntate a la sombra de ese añoso árbol, oyendo pasivo, las voces del viento…
Eduardo Morguenstern.
(El abundante estímulo adormece la atención, torrente hipnotizante, como dijo el de Stratford-on-Avon: “La más dulce miel, por su propia dulzura se hace empalagosa y embota al paladar…” ¡Al contrario! Lo escaso es lo más buscado, su precio es inmenso, despierta avidez…)
¿Cuántas toneladas de piedra pica el minero para hallar mezquinos gramos de diamante?
¿Cuántos miles de litros de agua, durante cuántos días filtra en su criba el buscador de oro para lograr pobres números de pepitas del tamaño de semillas de alpiste o maíz?
¿Cuántos miles de palabras hay en los Libros Sagrados para hablar de sus Dioses?
¿Qué litros de lágrimas se gastan hasta aprender que la paz del alma es hija de la renuncia y la aceptación?
¿Cuántos días, meses y años de oraciones y penitencias ante una imagen, o a esa idea borrosa que te haces de tu dios serán gastadas antes de descubrir que tú mismo eres un dios amnésico y dormido que tarda en despertar o recordar?
¿Cuántas miles de palabras grabadas en libros de los místicos de la Historia habrán devorado a tus cansados ojos, hasta que cansada tu vista, estando sentado a la sombra del árbol, dejes al fin esa enésima página y solo escuches en el viento que mece las hojas, a La Verdad susurrarte al oído sus Misterios?
Sibilantes, muy suaves los vientos, simulando voces y cantos celestes, invisibles dedos pulsando las cuerdas de ramas y hojas, arbóreas liras, dicen sin más, sencillamente, fugaces intuiciones, mensajes de lo Eterno.
Vienen y van, jugando entre las hojas, silfos en quedas musitaciones desde el insondable arcano… sobre el manto virgen tejido de soledad y silencio…
El Ánima Mundi entona certero el Seráfico Canto, Su Verbo, al oído despierto…
Las místicas rosas de áureas verdades que rasgando los velos de las falsas certezas se muestran desnudas acaso un momento… nadando graciosas cual ninfas distraídas del azulino éter…
Deja las lecturas, aleja las palabras, desecha los conceptos, mi apurado amigo, y tantos pensamientos. Siéntate a la sombra de ese añoso árbol, oyendo pasivo, las voces del viento…