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Las edades del Torbellino

Pedro Olvera

#ElPincheLirismo
De bebé –y no tan bebé–,
al Quique su abuelo lo llamaba Torbellino
y el Torbellino llamaba a su abuelo papá.
A los trece pedía que lo llamaran Enrique.
No soy un niñito. Pero el papá-abuelo insistía:
Torbellino, aún te puedo nalguear.
Y aunque nunca le puso un dedo encima,
un día el anciano hizo algo mucho peor:
se fue en ambulancia y regresó en carroza,
después de meses de horrible agonía.
Enrique, enojado, se negaba las lágrimas,
pero su cuerpo empezó a expeler vómitos,
fiebres, delirios: con quince años apenas
era un dolor de huesos envuelto en sarpullido.
El diagnóstico se redujo a una palabra
que le recordó un meme de internet: Lupus.
Una palabra de juguete que le causó dos infartos.
El tercero lo encontró camino al hospital
y su madre, esa penumbra, tuvo que postrarse,
entre súplicas
y alaridos, para que los paramédicos
no se rindieran al intentar reanimarlo.
El aire volvió a colarse debajo de las costillas rotas
del Torbellino,
llenó sus alveolos,
se mezcló con esa sangre enloquecida
que en cada momento amenazaba con atacar
a molinos de viento en sus riñones adolescentes,
en su hígado que celebró veinte julios,
en su corazón que latió nuevamente,
que conoció el amor y la urgencia
como un síntoma de cura y buena salud,
hasta que no más.
Pasó el último otoño en una cama del Seguro Social;
la navidad, con hemodiálisis;
el año nuevo, intubado.
Poco antes, su madre, esa sombra, lo escuchó llorar:
Pobrecito mi papá.
A los veintidós años y medio, Torbellino
perdió al Torbellino. Su corazón fue el último en irse,
apagó todo y dejó al Quique
–que de nuevo tenía la edad del universo–
en brazos de su madre,
esa luz, que esta vez sollozaba bajito.

14 de enero de 2026
 
Última edición:
De bebé –y no tan bebé–,
al Quique su abuelo lo llamaba Torbellino
y el Torbellino llamaba a su abuelo papá.
A los trece pedía que lo llamaran Enrique.
No soy un niñito. Pero el papá-abuelo insistía:
Torbellino, aún te puedo nalguear.
Y aunque nunca le puso un dedo encima,
un día el anciano hizo algo mucho peor:
se fue en ambulancia y regresó en carroza,
después de meses de horrible agonía.
Enrique, enojado, se negaba las lágrimas,
pero su cuerpo empezó a expeler vómitos,
fiebres, delirios: con quince años apenas
era un dolor de huesos envuelto en sarpullido.
El diagnóstico se redujo a una palabra
que le recordó un meme de internet: Lupus.
Una palabra de juguete que le causó dos infartos.
El tercero lo encontró camino al hospital
y su madre, esa penumbra, tuvo que postrarse,
entre súplicas
y alaridos, para que los paramédicos
no se rindieran al intentar reanimarlo.
El aire volvió a colarse debajo de las costillas rotas
del Torbellino,
llenó sus alveolos,
se mezcló con esa sangre enloquecida
que en cada momento amenazaba con atacar
a molinos de viento en sus riñones adolescentes,
en su hígado que celebró veinte julios,
en su corazón que latió nuevamente,
que conoció el amor y la urgencia
como un síntoma de cura y buena salud,
hasta que no más.
Pasó el último otoño en una cama del Seguro Social;
la navidad, con hemodiálisis;
el año nuevo, intubado.
Poco antes, su madre, esa sombra, lo escuchó llorar:
Pobrecito mi papá.
A los veintidós años y medio, Torbellino
perdió al Torbellino. Su corazón fue el último en irse,
apagó todo y dejó al Quique
–que de nuevo tenía la edad del universo–
en brazos de su madre,
esa luz, que esta vez sollozaba bajito.

14 de enero de 2026
Pienso en esa madre que fue penumbra, sombra y finalmente luz.
Pienso en las edades del universo o las de Quique.
Pienso cómo logras hacer de una pérdida, un hermoso poema.
Te mando un abrazo, pedrinho, por si sirve de algo.
 
De bebé –y no tan bebé–,
al Quique su abuelo lo llamaba Torbellino
y el Torbellino llamaba a su abuelo papá.
A los trece pedía que lo llamaran Enrique.
No soy un niñito. Pero el papá-abuelo insistía:
Torbellino, aún te puedo nalguear.
Y aunque nunca le puso un dedo encima,
un día el anciano hizo algo mucho peor:
se fue en ambulancia y regresó en carroza,
después de meses de horrible agonía.
Enrique, enojado, se negaba las lágrimas,
pero su cuerpo empezó a expeler vómitos,
fiebres, delirios: con quince años apenas
era un dolor de huesos envuelto en sarpullido.
El diagnóstico se redujo a una palabra
que le recordó un meme de internet: Lupus.
Una palabra de juguete que le causó dos infartos.
El tercero lo encontró camino al hospital
y su madre, esa penumbra, tuvo que postrarse,
entre súplicas
y alaridos, para que los paramédicos
no se rindieran al intentar reanimarlo.
El aire volvió a colarse debajo de las costillas rotas
del Torbellino,
llenó sus alveolos,
se mezcló con esa sangre enloquecida
que en cada momento amenazaba con atacar
a molinos de viento en sus riñones adolescentes,
en su hígado que celebró veinte julios,
en su corazón que latió nuevamente,
que conoció el amor y la urgencia
como un síntoma de cura y buena salud,
hasta que no más.
Pasó el último otoño en una cama del Seguro Social;
la navidad, con hemodiálisis;
el año nuevo, intubado.
Poco antes, su madre, esa sombra, lo escuchó llorar:
Pobrecito mi papá.
A los veintidós años y medio, Torbellino
perdió al Torbellino. Su corazón fue el último en irse,
apagó todo y dejó al Quique
–que de nuevo tenía la edad del universo–
en brazos de su madre,
esa luz, que esta vez sollozaba bajito.

14 de enero de 2026
¡Mierda, Flaco!
Ciertamente, no hay edad ni tiempo para que Torbellino se disipe y nos deje en la aparente calma que es vacío, que es dolor, eterno dolor.
Mi abrazo grandote y fuerte para vos.
Te quiero re.
 
De bebé –y no tan bebé–,
al Quique su abuelo lo llamaba Torbellino
y el Torbellino llamaba a su abuelo papá.
A los trece pedía que lo llamaran Enrique.
No soy un niñito. Pero el papá-abuelo insistía:
Torbellino, aún te puedo nalguear.
Y aunque nunca le puso un dedo encima,
un día el anciano hizo algo mucho peor:
se fue en ambulancia y regresó en carroza,
después de meses de horrible agonía.
Enrique, enojado, se negaba las lágrimas,
pero su cuerpo empezó a expeler vómitos,
fiebres, delirios: con quince años apenas
era un dolor de huesos envuelto en sarpullido.
El diagnóstico se redujo a una palabra
que le recordó un meme de internet: Lupus.
Una palabra de juguete que le causó dos infartos.
El tercero lo encontró camino al hospital
y su madre, esa penumbra, tuvo que postrarse,
entre súplicas
y alaridos, para que los paramédicos
no se rindieran al intentar reanimarlo.
El aire volvió a colarse debajo de las costillas rotas
del Torbellino,
llenó sus alveolos,
se mezcló con esa sangre enloquecida
que en cada momento amenazaba con atacar
a molinos de viento en sus riñones adolescentes,
en su hígado que celebró veinte julios,
en su corazón que latió nuevamente,
que conoció el amor y la urgencia
como un síntoma de cura y buena salud,
hasta que no más.
Pasó el último otoño en una cama del Seguro Social;
la navidad, con hemodiálisis;
el año nuevo, intubado.
Poco antes, su madre, esa sombra, lo escuchó llorar:
Pobrecito mi papá.
A los veintidós años y medio, Torbellino
perdió al Torbellino. Su corazón fue el último en irse,
apagó todo y dejó al Quique
–que de nuevo tenía la edad del universo–
en brazos de su madre,
esa luz, que esta vez sollozaba bajito.

14 de enero de 2026
Madre mía, Pedro, qué maravilla. Fíjate que hasta me han estremecido los comentarios, es una suerte tenerte al alcance de una tecla. El torbellino ya es inmortal y hasta es posible que lo acurruque la chavela. Gracias, compañero, por tanto...Un abrazo
 
Pese a lo triste de la historia está tan bien contada que consigues que el lector disfrute a fondo con la lectura. Al menos a mí me ha ocurrido. Puro arte lo tuyo. Un abrazo.
Gracias, amigo Ramón, por tu amable presencia. Aunque a menudo reniego de las noches que le dedico a esta manía de escribirlo todo por no entender casi nada, la verdad es que también es una fortuna poder hacerlo. Te dejo otro abrazo.
 
Pienso en esa madre que fue penumbra, sombra y finalmente luz.
Pienso en las edades del universo o las de Quique.
Pienso cómo logras hacer de una pérdida, un hermoso poema.
Te mando un abrazo, pedrinho, por si sirve de algo.
Ella siempre fue una chica muy vulnerable, pero al final creo que lo procesó desde el inenarrable sufrimiento de su Quique, aunque solo el tiempo dirá. No puedo siquiera imaginar un ápice de su dolor, pero tenemos la empatía, aunque no esté de moda. Agradezco la tuya, que habla de tu humanidad y tu valor como persona: un abrazo siempre sirve y te lo agradezco con otro de vuelta, carnalito Nico.
 
La muerte es parte inherente de la vida, vale, pero hay algunas que son bastante hijas de puta.
¡Cómo escribes, carnalito!... Vayan mi aplauso y abrazo grande.
Hay algunas vidas y muertes que son, en efecto, una putada, un puñetazo en alguna parte insondable. Por su juventud, el Quique soportó más de lo esperable con un colapso multisistémico, y aún pudo decirle a su madre y sus hermanas que no se derrumbaran por él, pues en el fondo iba a estar mejor. Y así lo creo: cuando la vida es una carga de dolor insoportable, cuando tu propio cuerpo es tu enemigo, no estar es estar mejor.
Carnalito Libra, gracias por tomarte el tiempo de leer y comentar tan amablemente. Te dejo un gran abrazo.
 
¡Mierda, Flaco!
Ciertamente, no hay edad ni tiempo para que Torbellino se disipe y nos deje en la aparente calma que es vacío, que es dolor, eterno dolor.
Mi abrazo grandote y fuerte para vos.
Te quiero re.
Después que casi se nos fue, tuvo 7 años en que parecía inmortal. Todavía bien flaco, fue chambelán en los XV años de mi sobrina Daniela, ¡y bailaba cumbia que daba miedo! Pero fue una alegría para toda su familia verlo ahí, derrochando vida que es movimiento. Durante esa remisión tuvo dos novias, pudo terminar su prepa, jugaba básquet, aprendió a hacer pizzas, hizo muchos amigos en el camino... Creo que ni yo he vivido tanto, y por eso se me hace tan injusto que todo eso le haya sido arrebatado por nada ni nadie. Si es verdad que la energía no se destruye, espero que el Torbellino siga impulsando galaxias.
Te quiero, carnalita Romi. Tú sabes más de estas cosas, yo solo puedo intuirlas dolorosamente.
 
Madre mía, Pedro, qué maravilla. Fíjate que hasta me han estremecido los comentarios, es una suerte tenerte al alcance de una tecla. El torbellino ya es inmortal y hasta es posible que lo acurruque la chavela. Gracias, compañero, por tanto...Un abrazo
Amiga Charito, eres como esos eclipses que uno admira de tanto en tanto, pero no pierden la maravilla, el asombro. Ahorita que entré a MP y sentí toda esa bondad en los comentarios, me puse una playlist de la Chavela casi a petición tuya, y de inmediato surgió su poderosa influencia en la memoria, en hacer de las ausencias una presencia. Ahí está el Quique, espléndido y jovial, leyendo el Robinson Crusoe que le regalé en su cumpleaños veinte. Es como darse un baño de alma, y siento la tuya reconfortante. Ojalá que te encuentres lo mejor posible y que este buen abrazo de palabras te rodee en toda tu humanidad. Gracias.
 
Amiga Charito, eres como esos eclipses que uno admira de tanto en tanto, pero no pierden la maravilla, el asombro. Ahorita que entré a MP y sentí toda esa bondad en los comentarios, me puse una playlist de la Chavela casi a petición tuya, y de inmediato surgió su poderosa influencia en la memoria, en hacer de las ausencias una presencia. Ahí está el Quique, espléndido y jovial, leyendo el Robinson Crusoe que le regalé en su cumpleaños veinte. Es como darse un baño de alma, y siento la tuya reconfortante. Ojalá que te encuentres lo mejor posible y que este buen abrazo de palabras te rodee en toda tu humanidad. Gracias.

He estado 5 años sin entrar al foro, a ningún foro, pero dejé abierta una ventana
para seguir y leer a mis poetas preferidos y tú, mi querido Pedro, eres uno de ell@s.
Gracias por este bellísimo recibimiento, gracias de todo corazón.
Estoy bien, compañero, he pasado malos tragos y, de momento,
parece que ahora toca respirar.Un abrazo grande...
 
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