Voz quebrada e insípida. Que en las altas noches del invierno sueltas el gancho perruno de la vil hipocresía. Ya nadie en el planeta quiere escuchar tu quejumbroso tono de monstruo maltrecho. Entonces, te escondes tras la tiniebla satánica. Que oculta lo que más desprecias de ti misma. Esa palabra misteriosa que ocupa los oídos verdes de los incautos. Sumergidos en notas de un piano con la mitad de las cuerdas rotas. No te apures. Pronto, el silencio te engullirá por completo. Haciendo así que no vuelvas a existir de nuevo. Pero, mientras tanto, sigues propalando esa mugre auditiva por el aire puro. Te debería dar vergüenza. Pero, en un soberano trajín de fiel difunto te ríes de las áureas leyes divinas. No lo dudes. Al final de los tiempos tendrás el castigo regular que te mereces. Así que, más vale que te hundas ahora en la cloaca del olvido. Para que ahorres a una extensa humanidad del dolor supremo. Te horroriza eso. Pero es por tu sincero bien.