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La vieja escuela

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
 
Última edición:
Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.

Hola Luis, espero que tu confe haya sido un éxito (no lo dudo) :)
Me alegró mucho encontrar esta prosa, y cité el fragmento que más me conmovió.
Todos los sitios encierran historias y la descripción de lo que fue y es, te quedó con una dulce nostalgia matizada por los personajes que corren entre las ruinas, como testigos de aquello que cambió tanto con el tiempo, que se volvió una pincelada del ayer. Pincelada que nos trae tu relato, que a pesar de la pena implícita en las ruinas de la escuela, el contexto, el campo, inclusive el aroma de la hierba, nos llega, y, lo vuelvo a decir, con magia.
Es una alegría para mi, cuando veo que tu inspiración se hizo presente de nuevo.
Un abrazo de martes, con cariño y amistad.
 
Hola Luis, espero que tu confe haya sido un éxito (no lo dudo) :)
Me alegró mucho encontrar esta prosa, y cité el fragmento que más me conmovió.
Todos los sitios encierran historias y la descripción de lo que fue y es, te quedó con una dulce nostalgia matizada por los personajes que corren entre las ruinas, como testigos de aquello que cambió tanto con el tiempo, que se volvió una pincelada del ayer. Pincelada que nos trae tu relato, que a pesar de la pena implícita en las ruinas de la escuela, el contexto, el campo, inclusive el aroma de la hierba, nos llega, y, lo vuelvo a decir, con magia.
Es una alegría para mi, cuando veo que tu inspiración se hizo presente de nuevo.
Un abrazo de martes, con cariño y amistad.
Buenas tardes-noches. Mi conferencia ha ido muy bien, yo creo que son fans que me atienden con poco sentido crítico, pero bueno es la segunda charla y tienen ganas de más...
Gracias por pasar por mi relato. Es una lástima ver como se van cayendo lo que fueron instituciones en los pueblos, las escuelas, las ermitas, las iglesias, los consultorios médicos... Señal de que van muriendo de un veneno lento pero efectivo. Llora la vieja escuela soledades y ausencias, pues supongo que extraña el bullicio de los niños en las clases, el trajín de los recreos, la dicha de verlos crecer por dentro y por fuera. Ahora sólo corren aventuras un perro y un gato bullangueros y divertidos. Hay melancolía en las palabras, porque al contemplar la ruina, la melancolía anida en mí, pero bueno, dejé correr la pluma y tú estabas presente, para poner tus palabras de gozo en el comentario. Gracias, siempre gracias por tu presencia y tu amistad. Que tengas una feliz noche. Besos.
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.

Nostalgia y vacío son las sensaciones que tus letras dejan en el ambiente...
Quizá algunos alumnos nunca se hagan presentes, mas algunos edificios, como nuestra primera escuela en nosotros, quedan perennes en nuestros pensamientos...
El aroma a libros viejos y muy usados, los mapas en las paredes, los crucifijos de una época impuesta...
He recordado mi primera "escuelita" y a mis profes que en ese tiempo vivían en el piso de arriba...
Un abrazo Luis, me ha gustado leerte...
 
Nostalgia y vacío son las sensaciones que tus letras dejan en el ambiente...
Quizá algunos alumnos nunca se hagan presentes, mas algunos edificios, como nuestra primera escuela en nosotros, quedan perennes en nuestros pensamientos...
El aroma a libros viejos y muy usados, los mapas en las paredes, los crucifijos de una época impuesta...
He recordado mi primera "escuelita" y a mis profes que en ese tiempo vivían en el piso de arriba...
Un abrazo Luis, me ha gustado leerte...
Muchas gracias por tu lectura. Escribo sobre instantes y sobre sensaciones, precisamente para despertar esa memoria de otros tiempos, memoria en la solemos guardar recuerdos agradables. Me ha encantado tenerte en el relato. Un abrazo.
 
Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción.
Uff que belleza!!! Un relato por demás triste al ver como el pasaje del tiempo ha corrompido con el gris de la soledad lo que supo ser un manantial de alegría y sabiduría. ¡Hermosa prosa! Un placer disfrutar de su excelente escrito, Luis Á. Ruiz Peradejordi, reciba la más cordial felicitación y saludo.
 
Uff que belleza!!! Un relato por demás triste al ver como el pasaje del tiempo ha corrompido con el gris de la soledad lo que supo ser un manantial de alegría y sabiduría. ¡Hermosa prosa! Un placer disfrutar de su excelente escrito, Luis Á. Ruiz Peradejordi, reciba la más cordial felicitación y saludo.
Gracias Daniel por sus amables comentarios y el tiempo de lectura. Agradezco infinito sus visitas. Le comento que durante una temporada estaré fuera y no publicaré, ni podré visitar sus trabajos, excelentes la mayoría de las ocasiones. Reciba un cordial abrazo y un saludo afectuoso.
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.


Elegante relato has dejado, con una exquisita pulcritud como es característico de tus escritos. Se puede ir observando con claridad, cada detalle que vas narrando, el galgo tan típico de nuestra tierra y tan sacrificado y maltratado, el gato que parece estar observante ante culaquier hazaña del Can, y la escuela que en los núcleos rurales han quedado vacías, siendo pasto del olvido, guardando tanta y tanta historia y el paso de los escolares por sus muros. Es bello traerlo a la memoria con la elegancia que lo haces y revivir nuestras vidas de niñas y adolescentes en esos lugares donde pasamos buena parte del tiempo y donde nos íbamos haciendo mayores, modelándonos como personas.

Felicidades, Luis, realmente me ha encantado.

Te mando un beso grande, grande y mis mejores deseos en tu viaje. Espero seguir compartiendo amistad y poesía a tu vuelta.

Otro beso , junto con un abrazo.
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
Una escuela, lugar de cultura y de aprendizaje que se va perdiendo y muriendo es algo muy triste porque significa que se marcha la vida del pueblo con toda su juventud. Muy bien escrita tu prosa amigo Luis, se siente tu sensibilidad en los detalles que dicen todo, tu mirada de poeta destaca las cosas de manera que me ha encantado. Bravo poeta con toda mi amistad. Amarilys
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.


Mis aplausos a su trabajo. Ha convertido un suceso, aparentemente cotidiano y trivial, en un relato realmente interesante. Ha sido un placer leerle. Mis saludos para usted.
 
El ayer y el presente entrelazado con tu sentir y la mirada que nos describe el lugar tan significativo desde un entonces que deja huella. Una gran lectura que disfruto a granel. Saludos y un gran abrazo estimado Luis.


Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
Quizá a veces como esos edificios que sucumben al tiempo, solitarios y vacíos se vuelve la vida y vienen las nostalgias con los recuerdos y añoranzas y solo hay una ocasional escena que nos mantiene en vilo ante la intransigencia del tiempo. Grandioso relato que nos deja entrever lo que fue y lo que es con sus pormenores. Excelente conjugación de todos los elementos involucrados en cada imagen que hace que vivamos uno a uno los eventos desde del alba hasta el ocaso. Encantada Luis de saludarte y disfrutar de tu fina obra al amparo del excelente escenario que nos pintas con tu pluma, un abrazo fuerte y mi cariño y admiración siempre,

ligiA
 
Quizá a veces como esos edificios que sucumben al tiempo, solitarios y vacíos se vuelve la vida y vienen las nostalgias con los recuerdos y añoranzas y solo hay una ocasional escena que nos mantiene en vilo ante la intransigencia del tiempo. Grandioso relato que nos deja entrever lo que fue y lo que es con sus pormenores. Excelente conjugación de todos los elementos involucrados en cada imagen que hace que vivamos uno a uno los eventos desde del alba hasta el ocaso. Encantada Luis de saludarte y disfrutar de tu fina obra al amparo del excelente escenario que nos pintas con tu pluma, un abrazo fuerte y mi cariño y admiración siempre,

ligiA
Muchas gracias por tan amable comentario y por tu delicada lectura. Es un honor recibir estos elogios. Un fuerte abrazo. Luis.
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
Con qué maestría nos llevas por la vieja escuela, Luis....

Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez,
y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción.

... de la mano del gato y el galgo. Un bello homenaje a esos edificios antiguos que albergaron tantas y fuertes emociones pero, como muy bien dices, ellos bien saben que ya no despiertan ninguna.

Pero no te preocupes, que tus letras sí que las despiertan. :)
Un emocionado abrazo.
Javier
 
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.


Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.


Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.


La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.


Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
Ayyy Luís, un halo de tristeza recorre estas bellas y melancólicas letras que con tanto arte y talento nos compartes. Eres un narrador excelente y con tu palabra nos haces vivir cada renglón de este precioso relato.
Ay la escuela, qué triste es contemplarla derruida, abandonada, lo que un día fue bullicio, alegría, recreo, y lugar de encuentro de una comunidad educativa de padres, profesores y alumnos, hoy ha perdido su importancia y solo la disfrutan en la medida que pueden disfrutarla un perrito y un gatito.
Me ha encantado leerte mi entrañable amigo, siempre me encanta visitarte y llevarme ese sabor a cosa buena.......muááááácksssssssss
 
Con qué maestría nos llevas por la vieja escuela, Luis....

Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez,
y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción.

... de la mano del gato y el galgo. Un bello homenaje a esos edificios antiguos que albergaron tantas y fuertes emociones pero, como muy bien dices, ellos bien saben que ya no despiertan ninguna.

Pero no te preocupes, que tus letras sí que las despiertan. :)
Un emocionado abrazo.
Javier
Las cosas también nos hablan. En la vieja escuela un encerado en la pared posiblemente recuerda con añoranza cuando sobre él se escribieron las letras con las que muchos aprendieron a leer o se hicieron las primeras sumas y restas. Y su queja es muda, silenciosa, pero real. Yo siento esa pena íntima que expresan las cosas y que supone una voz que me habla.
Gracias Javier por acercarte hasta estas letras. Un cordial saludo.
 
Ayyy Luís, un halo de tristeza recorre estas bellas y melancólicas letras que con tanto arte y talento nos compartes. Eres un narrador excelente y con tu palabra nos haces vivir cada renglón de este precioso relato.
Ay la escuela, qué triste es contemplarla derruida, abandonada, lo que un día fue bullicio, alegría, recreo, y lugar de encuentro de una comunidad educativa de padres, profesores y alumnos, hoy ha perdido su importancia y solo la disfrutan en la medida que pueden disfrutarla un perrito y un gatito.
Me ha encantado leerte mi entrañable amigo, siempre me encanta visitarte y llevarme ese sabor a cosa buena.......muááááácksssssssss
Esa escuela, Isabel, se había convertido en el cuarto donde pasaba consulta al llegar a ese pueblo. Un pueblo pequeño que cada vez irá a ser más y más pequeño. Un pueblo que no tenía niños, ni bullicio en sus calles y sólo lo habitaban personas mayores, que eran como sombras de tiempos idos.
La realidad nos habla y muchas veces nos cuenta realidades dolorosas. Gracias por llegarte hasta estas letras. Un montón de besos.
 
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