Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Un galgo blanco corretea por la era. Se detiene, husmea, sigue adelante, buscando... ¡Qué se yo! cuál rastro, qué olores prendidos en la hierba.
Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.
Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.
La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.
Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
Por la cuneta, un gato gris lo presiente, lo nota, lo observa. Se agazapa, se pega al suelo, se contiene.
Ajeno, el galgo sigue su juego y quiere la casualidad que el rosario de huellas le conduzca frente al gato. Un instante de sorpresa. Un momento en que se detiene el perro, levantando las orejas. El gato, arquea el lomo y emprende la carrera. Detrás arranca el galgo, pero esos segundos de indecisión le han hecho perder de antemano.
La escuela vieja, ya sin techado, fatigada de los años, se ha venido abajo. Una puerta desencajada y vencida se abre al interior. Permanece, firme y negro, un encerado adosado a una de las paredes, perenne, contemplando el aula, que ahora está llena de vigas de derribo y cascotes. Probablemente no entiende la indiferencia de quienes pasaron frente a él las horas de su niñez, y contemplan ahora su ruina, sin la menor emoción. Algunos pupitres han sobrebrevivido a la desidia de años y se mantienen con ligeros desperfectos esperando alumnos imposibles.
Por una de esas vigas, que atraviesan de parte a parte la escuela y que, apoyada en el suelo, apunta con su otro extremo hacia el cielo, ha trepado el gato buscando refugio. Le ha seguido el galgo que tropieza con los pupitres astillados. De un salto, pasa de la viga al muro, del muro al suelo y, cogiendo la carretera, se va el gato tranquilamente. Mientras, tropezando con los cascotes, se desenvuelve mal el perro; cuando consigue salir, se aleja renqueando. Vuelve el galgo varias veces la cabeza, gimotea y penetra en la era, a tumbarse sobre la verde hierba, Se lamerá la pata. Después, todo lo largo que es en el suelo tumbado, buscará, con el hocico, margaritas sin encontrarlas.
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