guerrero verde
Poeta veterano en el portal.
Un día despertó deseando volar hacia el sur,
volar tan lejos como sus alas aguantarán.
Suspiraba por salir de esa pueril floresta,
despedirse de las Hayas que al viento cantaban,
de los Robles que del invierno la cuidaban.
Decirle adiós a la dama que en el fondo del pantano deliraba.
Abrió las alas como aquella vez que rompió el capullo,
con el dolor que se siente al nacer,
arremolinando la realidad y el silencio de su futuro.
Voló, por primera vez, para suplir su única escasez;
la libertad.
Voló, en ese vaivén de altos y bajos,
como si flotara en una marea etérea,
sumida en una humedad lacrimosa.
Voló con los ojos cerrados,
mirando únicamente su anhelo.
A la frontera de su mundo vio algo brillar,
un pequeño sol, silencioso como es el dios del cielo.
Siguió curiosa, ansiosa con cada nueva aleteada que daba
hasta que estuvo frente a un ser dorado,
frente a una salamandra que fulguraba sobre muertas maderas.
Su corazón latió con luz y su pecho tintineaba tímido,
como aquellas estrellas que se ocultan en Orión.
Lloró sonriente, en espirales ascendentes, en son de cortejo,
pensando que era la primera vez que hacía uso de su corazón.
Mariposa, mariposa no tenía nombre,
no tenía apellido ni dominios,
pero tenía vida y sabía que era suficiente
para sumergirse en el juego incandescente del amor.
Se lanzó en picada sobre las llamas de la pasión
sintiendo como el dolor la liberaba del tiempo.
Sintió, dejó de sentir y amó para en una fracción de segundo morir
como mueren los besos de una noche de verano.
Ahora saben que la tumba de las mariposas enamoradas es el viento.
volar tan lejos como sus alas aguantarán.
Suspiraba por salir de esa pueril floresta,
despedirse de las Hayas que al viento cantaban,
de los Robles que del invierno la cuidaban.
Decirle adiós a la dama que en el fondo del pantano deliraba.
Abrió las alas como aquella vez que rompió el capullo,
con el dolor que se siente al nacer,
arremolinando la realidad y el silencio de su futuro.
Voló, por primera vez, para suplir su única escasez;
la libertad.
Voló, en ese vaivén de altos y bajos,
como si flotara en una marea etérea,
sumida en una humedad lacrimosa.
Voló con los ojos cerrados,
mirando únicamente su anhelo.
A la frontera de su mundo vio algo brillar,
un pequeño sol, silencioso como es el dios del cielo.
Siguió curiosa, ansiosa con cada nueva aleteada que daba
hasta que estuvo frente a un ser dorado,
frente a una salamandra que fulguraba sobre muertas maderas.
Su corazón latió con luz y su pecho tintineaba tímido,
como aquellas estrellas que se ocultan en Orión.
Lloró sonriente, en espirales ascendentes, en son de cortejo,
pensando que era la primera vez que hacía uso de su corazón.
Mariposa, mariposa no tenía nombre,
no tenía apellido ni dominios,
pero tenía vida y sabía que era suficiente
para sumergirse en el juego incandescente del amor.
Se lanzó en picada sobre las llamas de la pasión
sintiendo como el dolor la liberaba del tiempo.
Sintió, dejó de sentir y amó para en una fracción de segundo morir
como mueren los besos de una noche de verano.
Ahora saben que la tumba de las mariposas enamoradas es el viento.
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