En líneas espirales se desenvuelve la quintaesencia de tu amor vaporoso. Los luceros nocturnos arden. Como rocas de fuego de algún varonil volcán incansable. Y tú, fría como la piel de una sierpe, respiras y jadeas. Cada vez que asoma por el ventanal celestial un cometa de flagrante delito cósmico. Es hora de que cierres los cansados párpados de tus ojos desmembrados; por tanta atención filosófica hacia los astros. Engarzados en laurel votivo y de perfume de rosa. Y que te acuestes en el lupanar de los apagados deseos prohibidos. Pero, no haces caso a tu voz interior. Y sigues erguida. En vela. Esperando en extramuros de una naturaleza muda. Te parece que el tiempo ha de estallar en pedazos. Para que rija el ciclo eterno e intratable de un corazón divino. Entonces, a la menor sacudida vital de tu nervio óptico quedas ciega. Y cohabitas para siempre con el susurro gris de tu necio pecado.