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La Tozuda

Edouard

Poeta adicto al portal
En líneas espirales se desenvuelve la quintaesencia de tu amor vaporoso. Los luceros nocturnos arden. Como rocas de fuego de algún varonil volcán incansable. Y tú, fría como la piel de una sierpe, respiras y jadeas. Cada vez que asoma por el ventanal celestial un cometa de flagrante delito cósmico. Es hora de que cierres los cansados párpados de tus ojos desmembrados; por tanta atención filosófica hacia los astros. Engarzados en laurel votivo y de perfume de rosa. Y que te acuestes en el lupanar de los apagados deseos prohibidos. Pero, no haces caso a tu voz interior. Y sigues erguida. En vela. Esperando en extramuros de una naturaleza muda. Te parece que el tiempo ha de estallar en pedazos. Para que rija el ciclo eterno e intratable de un corazón divino. Entonces, a la menor sacudida vital de tu nervio óptico quedas ciega. Y cohabitas para siempre con el susurro gris de tu necio pecado.
 
homo-adictus, nuestra mujer tozuda era toda una esplendorosa imagen fiel de, lo que los románticos, llamarían Idea esencial de la contemplación pura hecha carne. Se obcecaba su sagrada figura en observar los portentos astronómicos de una noche de maravillosos hijos del Padre Éter. Pero, los peligros eran supuestos por la centella y el brillo cegador que habrían de llevarla a la parsimoniosa falta gorda de una culpa in flagrante. Por no haber escuchado a su genio interior. Que le dictaba que se recostase en la sensualidad precavida de una tierra henchida de erotismo sublime y contrapuesto a su utopía de un cielo nocturno. Carente de límites temporales. Atentamente Edouard.
 
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