Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa

Muchas veces me ha llamado la atención; creo que, casi desde el primer día en que pasé por allí, me produjo curiosidad. Hoy, he parado a verla. Un camino de tierra, apisonada por el paso de los tractores, me deja a la misma vera. Separada de Sahelices, lejos de la carretera, en medio de los campos, se levanta, todavía altiva, la torre de una iglesia.
Un día me contaron que era el último resto del emplazamiento primitivo del pueblo; cerca de él se hallaba un monasterio, dependiente de la poderosa abadía de Sahagún y junto a sus muros acabaron juntándose las casas que ahora constituyen el pueblo.
Ahora, sólo permanece esta torre, testimonio o centinela que, ya fenecido, se resiste a yacer bajo tierra. Presenta la grandiosidad de una ruina, en soledad constante y terca, indomable al paso del tiempo.
Se resquebrajan sus muros, abiertos en grietas, como profundas heridas en el mortero que une sus piedras. Se abren ciegas las arcadas del campanario y hay un eco de silencio, un llanto mudo por el ronco tañer, que ya no es, de las campanas.
Las palomas se recogen entre sus cuatro paredes y, así, albergando vida, mata el tedio de ausencias la vieja torre. Testigo de trabajos y sudores, de pasiones, de amores, todavía acierta apuntar al cielo, aunque su veleta no se deje llevar por el viento.
Cuando me alejo, contra el sol de la mañana, un bando de patos salvajes cruza en formación, arco perfecto, el azul claro del cielo. Al verlos, se diría que la torre, puesta de puntillas, erguida, quisiera despegarse del suelo.
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