La tormenta de los fracasos
Las nubes crecen. Como un ciempiés que se derrite a latigazos de voltio en la silla eléctrica patinan, desquiciadas sobre filos de ceniza.
El hombre golpea la mesa con la mano. Su autoridad tiembla, la jarra y el vaso. Salpica el vino la cólera artificial y postiza que transpiran sus poros dilatados por el miedo.
La mujer escupe filigranas, agudas punzadas de odio condensado, por lo que pensó y no dijo, por la ira enroscada en la punta de la lengua. Su aliento huele a reproche rancio, que cuece con la rabia y abrasa la ternura, concedida pero no desinteresada, con el despecho al rojo vivo.
El cielo se revuelve. Busca su otra cara entre jirones y crisoles. Y cuando la encuentra emite un gemido que enmudece y espanta hasta la lluvia.
Un portazo, unas pisadas duras y de piedra que se alejan arrastrando escalones y cubren la retirada. El hombre se encierra en su refugio, de naipes, alcohol y nicotina. Devora el tiempo, mata el rato con otros exiliados, que se reconfortan con los monólogos que todos oyen y nadie escucha.
Su ira se pulveriza con la lágrima; se desintegra en llanto seco y estéril. La mujer se arropa en su tedio. Teje un nido de espinas sobre las ramas en donde se apoya su desgana. Prefiere la íntima apatía, la muerte lenta, a la osadía de llegar a vislumbrar por asomo y un descuido el nacimiento de su arrojo.
La lluvia recobra la calma y se enfurece. Hordas de gotas kamikaze se arrojan ; se precipitan en oleadas, en cortinas afiladas que aplastan a la tierra.
La furia se enfría. Sólo queda el encono que se esfuma por la punta del pitillo, mientras la rabia se adormece en las neuronas, tibia y ebria de tanto aguardiente. La sonrisa saluda al buen juego y el vicio se revuelca con la lacra entre partida y baza.
Sus ojos se enturbian nublados de rutina y comienza a funcionar; a empaparse de sólidos y ruidos, aferrada a los barrotes de su jaula de oro. La razón oculta al desengaño y sus quehaceres lustran la impotencia. Incluso compone con labios trémulos acordes de gozo amargo que suplantan a la locura.
La noche gotea humedad rezagada. Los esqueletos de las nubes reposan sobre un cielo cadavérico. La lluvia se escurre sin cadencia.
Regresa vacilante a paso de tortuga, acosado por las deudas que produce el remordimiento. Fantasma irresoluto encubre sus latidos bajo las mantas, sepultados en el sarcófago que ambas sombras comparten.
Ella lo espera; no a él sino a la costumbre, arrepentida no por el dolor que origina la ausencia de éste, sino por el coraje acumulado que le hace sentirse culpable.
Sólo el silencio contempla montado a horcajadas sobre la náusea la eterna pantomima:
una caricia que oscila en su inicio y nunca llega a su destino,
un suspiro que anuncia el comienzo de otra tregua,
un ¿ Te duele la cabeza?,
un Mañana me ocuparé de tus rosas....
Y el silencio alarmado huye ante el vacío, que lo releva del mando hasta la próxima tormenta.
Churruka, 21.01.2007
Las nubes crecen. Como un ciempiés que se derrite a latigazos de voltio en la silla eléctrica patinan, desquiciadas sobre filos de ceniza.
El hombre golpea la mesa con la mano. Su autoridad tiembla, la jarra y el vaso. Salpica el vino la cólera artificial y postiza que transpiran sus poros dilatados por el miedo.
La mujer escupe filigranas, agudas punzadas de odio condensado, por lo que pensó y no dijo, por la ira enroscada en la punta de la lengua. Su aliento huele a reproche rancio, que cuece con la rabia y abrasa la ternura, concedida pero no desinteresada, con el despecho al rojo vivo.
El cielo se revuelve. Busca su otra cara entre jirones y crisoles. Y cuando la encuentra emite un gemido que enmudece y espanta hasta la lluvia.
Un portazo, unas pisadas duras y de piedra que se alejan arrastrando escalones y cubren la retirada. El hombre se encierra en su refugio, de naipes, alcohol y nicotina. Devora el tiempo, mata el rato con otros exiliados, que se reconfortan con los monólogos que todos oyen y nadie escucha.
Su ira se pulveriza con la lágrima; se desintegra en llanto seco y estéril. La mujer se arropa en su tedio. Teje un nido de espinas sobre las ramas en donde se apoya su desgana. Prefiere la íntima apatía, la muerte lenta, a la osadía de llegar a vislumbrar por asomo y un descuido el nacimiento de su arrojo.
La lluvia recobra la calma y se enfurece. Hordas de gotas kamikaze se arrojan ; se precipitan en oleadas, en cortinas afiladas que aplastan a la tierra.
La furia se enfría. Sólo queda el encono que se esfuma por la punta del pitillo, mientras la rabia se adormece en las neuronas, tibia y ebria de tanto aguardiente. La sonrisa saluda al buen juego y el vicio se revuelca con la lacra entre partida y baza.
Sus ojos se enturbian nublados de rutina y comienza a funcionar; a empaparse de sólidos y ruidos, aferrada a los barrotes de su jaula de oro. La razón oculta al desengaño y sus quehaceres lustran la impotencia. Incluso compone con labios trémulos acordes de gozo amargo que suplantan a la locura.
La noche gotea humedad rezagada. Los esqueletos de las nubes reposan sobre un cielo cadavérico. La lluvia se escurre sin cadencia.
Regresa vacilante a paso de tortuga, acosado por las deudas que produce el remordimiento. Fantasma irresoluto encubre sus latidos bajo las mantas, sepultados en el sarcófago que ambas sombras comparten.
Ella lo espera; no a él sino a la costumbre, arrepentida no por el dolor que origina la ausencia de éste, sino por el coraje acumulado que le hace sentirse culpable.
Sólo el silencio contempla montado a horcajadas sobre la náusea la eterna pantomima:
una caricia que oscila en su inicio y nunca llega a su destino,
un suspiro que anuncia el comienzo de otra tregua,
un ¿ Te duele la cabeza?,
un Mañana me ocuparé de tus rosas....
Y el silencio alarmado huye ante el vacío, que lo releva del mando hasta la próxima tormenta.
Churruka, 21.01.2007