NiñoNube
Poeta asiduo al portal
Este cuento podría empezar, como empiezan esos cuentos de verdad.
“Erase una vez...” o “En un país muy, muy lejano...”
Pero claro, este cuento no es un cuento como los demás.
Quédense a leer y descubran ustedes mismos lo que aquí le vamos a contar.
La señora Enfermerita y el señor Tirita, iban caminando por las calles de la ciudad.
No se conocían, eran dos vidas diferentes, pero igual.
Dos personas, que sin compartir nada, sentían del mismo modo.
La señora Enfermerita había dedicado toda su vida a cuidar de los demás.
En su cuerpo se podían ver las heridas de batallas pasadas.
En su mirada el cansancio de las que estaban por llegar.
El señor tirita, no se conformaba con sus propias guerras, y en su afán de ayudar, le dio por luchar en las guerras de los demás.
La señora Enfermerita era una mujer dulce, de amplia sonrisa.
Un ser maravilloso con un montón de vida por explorar.
Y es que, incluso el tiempo que por derecho era suyo, se lo iba dando a los demás.
Había estado tanta vida cuidando de todos; personas, personitas y personajillos, que se olvido un poco de lo que dentro de ella latía.
Era tan, tan buena, que incluso aquellos que la trataban mal, eran rescatados.
Y es que, ella es así. Un enorme corazón, que alberga la bondad que a este mundo le falta.
El señor Tirita, un buen día decidió que quería salvar al mundo.
Y no al primer mundo,o al segundo, o al tercero; que tanta ayuda necesitaba.
Él quería ayudar a todos los mundos sin excepción.
No sabía que unas veces el mundo no quiere ser ayudado, y otras veces, quiere serlo, pero hay un alto precio que pagar.
Así se le podía ver dando tumbos por todos los mundos, dejando jirones de si mismo por los caminos.
Con una sonrisa a veces pintada, la suya, esa que es de verdad, la tenía desgastada.
Esa mañana, la señora Enfermerita y el señor Tirita caminaban exactamente por el mismo lugar.
Ella mirando atentamente, por si alguien la podía necesitar.
Él, con la vista puesta en todo aquel que pudiera ser salvado.
Los dos al rescate de cualquiera que no fuesen ellos mismos.
Caminaban muy cerca del bosque de las letras.
Así se llamaba el parque de esa ciudad.
Un espacio de paseos entre arboles, dedicado a sesudos poetas y genios de las letras.
Pues iban por este lugar, como les iba contando, cuando de repente, ella lo vio a él y él se fijo en ella.
Ambos con sus cicatrices.
Algunas viejas y otras nuevas.
Se miraron a los ojos.
Encontraron tantas penas y decepciones enredadas en sus pestañas, que algo en su interior les hizo acercarse.
No podían dejar de mirarse, pero no se decían nada.
Cualquiera que hubiese pasado por su lado, y se hubiese parado a mirar, habría podido ver como dos corazones salían de su pecho correspondiente y se colaban en el pecho del otro.
-Hola- Dijo ella.
-Hola- Dijo él.
Desde ese primer hola, las palabras no dejaban de brotar de sus bocas.
Sus miradas clavadas, una en la mirada del otro.
Confesiones y complicidad, iban echando raíces y grandes ramas.
Un mundo creciendo alrededor de ellos dos, en aquel bosque artificial de las letras.
A medida que pasaban los días, podía verse que las cicatrices de ella eran un poco menos profundas.
Que la sonrisa de él ya no era una sonrisa pintada, que era la de verdad.
Y es en este momento, cuando casi está terminado el cuento, que empieza la historia de verdad.
La señora Enfermerita y el señor Tirita, juntos de la mano, frente a un nuevo camino por andar.
Aprendiendo y aprendiéndose.
Descubriendo como cuidar de ellos mismos, tanto como cuidan de los demás.
Es aquí donde debería ir un “colorín colorado...”, pero ya les digo, que esta historia, no ha hecho nada más que empezar...
“Erase una vez...” o “En un país muy, muy lejano...”
Pero claro, este cuento no es un cuento como los demás.
Quédense a leer y descubran ustedes mismos lo que aquí le vamos a contar.
La señora Enfermerita y el señor Tirita, iban caminando por las calles de la ciudad.
No se conocían, eran dos vidas diferentes, pero igual.
Dos personas, que sin compartir nada, sentían del mismo modo.
La señora Enfermerita había dedicado toda su vida a cuidar de los demás.
En su cuerpo se podían ver las heridas de batallas pasadas.
En su mirada el cansancio de las que estaban por llegar.
El señor tirita, no se conformaba con sus propias guerras, y en su afán de ayudar, le dio por luchar en las guerras de los demás.
La señora Enfermerita era una mujer dulce, de amplia sonrisa.
Un ser maravilloso con un montón de vida por explorar.
Y es que, incluso el tiempo que por derecho era suyo, se lo iba dando a los demás.
Había estado tanta vida cuidando de todos; personas, personitas y personajillos, que se olvido un poco de lo que dentro de ella latía.
Era tan, tan buena, que incluso aquellos que la trataban mal, eran rescatados.
Y es que, ella es así. Un enorme corazón, que alberga la bondad que a este mundo le falta.
El señor Tirita, un buen día decidió que quería salvar al mundo.
Y no al primer mundo,o al segundo, o al tercero; que tanta ayuda necesitaba.
Él quería ayudar a todos los mundos sin excepción.
No sabía que unas veces el mundo no quiere ser ayudado, y otras veces, quiere serlo, pero hay un alto precio que pagar.
Así se le podía ver dando tumbos por todos los mundos, dejando jirones de si mismo por los caminos.
Con una sonrisa a veces pintada, la suya, esa que es de verdad, la tenía desgastada.
Esa mañana, la señora Enfermerita y el señor Tirita caminaban exactamente por el mismo lugar.
Ella mirando atentamente, por si alguien la podía necesitar.
Él, con la vista puesta en todo aquel que pudiera ser salvado.
Los dos al rescate de cualquiera que no fuesen ellos mismos.
Caminaban muy cerca del bosque de las letras.
Así se llamaba el parque de esa ciudad.
Un espacio de paseos entre arboles, dedicado a sesudos poetas y genios de las letras.
Pues iban por este lugar, como les iba contando, cuando de repente, ella lo vio a él y él se fijo en ella.
Ambos con sus cicatrices.
Algunas viejas y otras nuevas.
Se miraron a los ojos.
Encontraron tantas penas y decepciones enredadas en sus pestañas, que algo en su interior les hizo acercarse.
No podían dejar de mirarse, pero no se decían nada.
Cualquiera que hubiese pasado por su lado, y se hubiese parado a mirar, habría podido ver como dos corazones salían de su pecho correspondiente y se colaban en el pecho del otro.
-Hola- Dijo ella.
-Hola- Dijo él.
Desde ese primer hola, las palabras no dejaban de brotar de sus bocas.
Sus miradas clavadas, una en la mirada del otro.
Confesiones y complicidad, iban echando raíces y grandes ramas.
Un mundo creciendo alrededor de ellos dos, en aquel bosque artificial de las letras.
A medida que pasaban los días, podía verse que las cicatrices de ella eran un poco menos profundas.
Que la sonrisa de él ya no era una sonrisa pintada, que era la de verdad.
Y es en este momento, cuando casi está terminado el cuento, que empieza la historia de verdad.
La señora Enfermerita y el señor Tirita, juntos de la mano, frente a un nuevo camino por andar.
Aprendiendo y aprendiéndose.
Descubriendo como cuidar de ellos mismos, tanto como cuidan de los demás.
Es aquí donde debería ir un “colorín colorado...”, pero ya les digo, que esta historia, no ha hecho nada más que empezar...